Nuevos escritos

Ya no actualizaremos este blog, sino que los próximos escritos serán publicados en http://www.jlgamband.com. La nueva ubicación está casi terminada, y tiene un formato bastante original. Intentamos que se parezca a la página de un libro, lo cual le da una apariencia muy interesante.

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Cambio de domicilio

Estamos preparando un cambio de domicilio de este blog. por segunda vez nos iremos a una dirección propia, que es http://www.jlgamband.com. Aún no está listo, pero avisaremos.

A los seguidores que les interesa el blog, les pedimos que nos sigan también en la nueva dirección. Es un cambio que realizamos por segunda vez (la primera prueba falleció culpa de un virus) y por razones netamente de comodidad. La versión auto hosteada de WordPress es mucho más cómoda y ofrece más funcionalidades.

No queremos perder a nuestros lectores, así que apunten la nueva dirección y visítennos cuando estemos listos. Gracias.

Ricardo Piglia (1941-2017)

Ha muerto uno de los escritores argentinos contemporáneos más interesantes y lúcidos. A mí me gustaba más como crítico criticando a Borges y elogiándolo como lo que era, que escribiendo. Pero reconozco que su calidad era suprema. Son esos tipos difíciles de reemplazar que surgen cada tanto e iluminan el camino con su inteligencia, su amplísima cultura y su visión a prueba de tontos. QEPD.

Raíces

Parecía un domingo, una de esas mañanas luminosas en que mi mamá me despertaba temprano para que disfrutara del sol. Me sentaba en el banco de la vereda con las piernas colgando y veía los pajaritos ir y venir desde la calle de tierra al árbol, una y otra vez. Una rutina que agregaba algo de movimiento a aquel pueblo aplastado por la pampa. Escuchar a mi madre cantar sobre los discos de vinilo mientras mi padre preparaba las cañas y los anzuelos para llevarme a pescar, eran las señales de que la felicidad costaba poco un domingo a la mañana.
A eso se parecía la Navidad. Levantarme ese día y encontrar la bicicleta ridículamente mal envuelta en papel de regalo fue como entrar al cielo mil veces. Un cielo tan brillante como esa bestia de dos ruedas y dos rueditas que había sido el objeto de mi ilusión.
Monté y salí.
A poco de andar pasé por un campo cercano donde otro niño arreaba tres vacas hacia adentro de un corral. Llevaba unas chanclas y un pantalón raído, y también llevaba hambre. Ya desde niño tenía la expresión más buena del mundo, mi padre. Esas tres vacas eran su responsabilidad y él la asumía solemnemente; su familia dependía de esos tres animales.
Seguí pedaleando. Más allá me encontré con una niña muy rubia que lavaba ropa en un patio de tierra mientras su madre, ebria, castigaba a su padrastro con el palo de la escoba. Creí reconocer vagamente el patio. La niña fregaba y refregaba la ropa hundiendo la cabeza entre los hombros para no escuchar.
Después la calle se hizo más ancha y vi a un muchacho alto, de cabello muy negro, y de bigotes como manubrios que vigilaba pastar unas cabras en un monte de los Pirineos, sentado en una piedra, pensando que debería viajar a ultramar donde quizás tendría un futuro. Lo saludé al pasar y sonrió. Esas cabras eran su mundo, y me pareció que le iba a doler abandonarlas.
Mucho más allá, luego de pasar una colina, mi bicicleta me llevó a las llanuras verdes de Irlanda, donde otro joven terminaba de herrar el último caballo, recogía una valija de madera y caminaba lento hacia el muelle, mirando las casas del puerto que ya no volvería a ver. Yo, tan pequeño, no entendía su gesto hosco ni sus lágrimas, pero me esforcé en sonreírle. Pensé que los caballos no debían llevar herraduras.
En el camino de regreso, y detrás de un pequeño bosque de higuerillas que no había visto antes, encontré un hombre viejo inclinado por los años. Escribía sobre un espejo, que a la vez era una máquina infernal, una historia de Navidades. Sus ojos están cansados y sus manos temblorosas. Solamente espera volver a subirse a la bicicleta y retomar el viaje.

Cansancio cultural

Existía una época en que la Navidad era el inicio de las vacaciones. Todo el mundo se iba de descanso tres o cuatro semanas, en enero o en el peor de los casos en febrero. La ciudad se detenía. Las familias iban a la playa o a las montañas. No existía el celular ni el email para que tuviéramos que estar pendientes de los que quedaban, porque no quedaba nadie o muy pocos. Todo eso ha cambiado. Una especie de cansancio cultural ha destruido esas tradiciones, esos comportamientos estancos que regulaban y sincronizaban la vida en sociedad.

Porque si bien los trabajos han cambiado, aquellos que tienen mayor poder de dinero en la sociedad podrían haber mantenido esas costumbres, pero fueron los primeros en quebrarlas. Hoy la vida se ha licuado, es una vida líquida que va de aquí para allá. Con mucha más libertad, es cierto, y mayor productividad, es cierto, pero sin códigos sociales ni pausas obligadas que nos permitan descansar. Me pregunto ¿podría ser distinto?

El arte del arte

Existen, en cualquiera de las ramas del arte, tantas expresiones como artistas hay. Eso de reunirlos en escuelas o movimientos o estilos es una convención para poder vincularlos unos con otros, por una fiebre catalogadora inexplicable a estas alturas de la cultura. Y cuando se acaban las categorías inventamos nuevas. Es el caso de Houllebecq, a quien definen como miembro de la “nueva narrativa francesa”, categoría inútil si las hay.

Estoy leyendo su novela El mapa y el territorio, premio Goncourt 2010. Me parece buena hasta el momento, aunque dista mucho de ser la genialidad que me dijeron que era.

El año (será) nuevo

Se está terminando un año que comenzó, igual que lo hará el próximo, con buenos propósitos y enormes expectativas. Ahora, todo indica que debemos renovar la esperanza una vez más. Esperanza de que veamos un mundo un poco más justo, que los que amamos logren sus metas y desafíos, y que lleguemos a fin de 2017 listos para ejercitar nuevamente la esperanza. Esa renovada búsqueda de un bienestar material y espiritual que siempre está más allá, que nunca se completa porque siempre se espera. Feliz año nuevo para todos.

Calor

Hay un calor pesado en el aire. Caminar es difícil. No es, sin embargo, el día más caliente. Por momentos, una brisa me recuerda el sudor en la camisa. Caminar y caminar es el destino. Por momentos, lento y abatido, por otros apurado como si tuviera que llegar. No puedo desprenderme del calor. La gente te mira al pasar como buscando una explicación. Todos estamos bastante locos como para admitirlo, pero la ciudad se vuelve inhumana cuando las temperaturas son extremas y, sin embargo, no cambiaríamos este manicomio por otro similar. Este es único. Amarillo y naranja por momentos, Buenos Aires es el lugar.

 

 

Pertenencia

Al fin y al cabo, los seres humanos somos en mayor o menor medida parte de un noventa por ciento de la población a la cual le suceden (y le sucedieron) más o menos las mismas cosas. Existe una gran manada de personas que estadísticamente tienen las mismas experiencias, atraviesan las mismas épocas, son producto de similares circunstancias y sufren y disfrutan con sucesos parecidos. Eso nos transforma en una manada mas o menos homogénea, aunque siempre habría particularidades y singularidades, y en todo caso esto es cierto al menos para alguna franja de edad.

Esa pertenencia a una mayoría silenciosa, nos da algún derecho? Nos permite tener una voz? Ya la tenemos y no nos damos cuenta? La podremos ejercitar algún día? O seguiremos pensando eternamente que cada uno de nosotros es único y especial, el más original y más grande de todos los especímenes gestados in vitro en el Sistema Solar?

Epifanía

Que pasaría si un día todas las personas, los siete mil millones que vivimos en este planeta, nos diéramos cuenta, al unísono, que somos libres?

Como somos

Hay algo que llama la atención en la especie humana. Nos cuesta imaginarnos el amor, como se siente, como se percibe. Pero sabemos perfectamente como es el terror, a qué huele, nos podemos imaginar como lo sentimos. Es por eso que sabemos que necesitamos un gobierno. Siempre.

Ejemplo de frustración

Tengo la historia. Esa, que me sugirió un amigo en un momento de inspiración mutua. Tengo los personajes, las situaciones, el tiempo. Tengo el cuento que quiero, lo veo, lo presiento, casi lo puedo leer en mi cabeza. Sin embargo, no puedo escribirlo. Bloqueo, piedra, sequedad, todo junto y más que se combina y no puedo escribir ni una palabra, la primera.

Lo dejo. Me olvido. Me voy a otro lado. Escribo tonterías para olvidarlo razonablemente rápido. Bebo café y más café. Sé que sigue ahí, sé que me espera, sabe que volveré. Y vuelvo. Y no puedo. No tengo la forma de doblegar mi sequedad.

Tengo miedo de comenzar porque sé que borraré. Una y otra vez borraré todo. Será otra frustración, pero más quemante que ésta. Sé que no puedo y no sé. Ambas cosas. Y quizás también sé que nombrándolos, puedo exorcizar los fantasmas.

Quizás lo mejor sea dormir, totalmente ebrio, sobre la playa.

Las cosas que pasan

Veo aquí y allá que se valora la simpleza y la sencillez. No entiendo como esto es posible, dado que la vida es compleja, la naturaleza es compleja, el ser humano lo es más y las cosas que nos pasan a cada uno y a todos juntos son por demás complejas. No será que valoramos las cosas llanas porque nos aterra enfrentarnos a la complejidad?

No hay respuestas simples, no hay situaciones claras salvo raras excepciones. Siempre estamos sometidos a multitud de realidades, miradas, interpretaciones, que no son fáciles de entender. Qué valor puede tener la sencillez en este mundo inentendible?

Tantas noches y tantas mañanas

Llevo como veinte mil noches y veinte mil mañanas en mi haber, y aún no puedo saber como va a ser la que sigue, sea noche o sea amanecer. Uno podría pensar que con semejante ejercicio de repetición ya estarían agotadas todas las posibilidades. Además, tanto hacer y hacer lo mismo, ya deberíamos saber por las señales y los signos previos, si esta noche será una de aquellas espectaculares noches de vino y lujuria intelectual, o una aburrido decaimiento o alguna de las infinitas posibilidades intermedias. La mañana de mañana nos sorprenderá igualmente con su aparición de la misma muchacha con vestido nuevo. Y nos pescará otra vez distraídos.

La literatura infinita

Al igual que Borges planeando una biblioteca infinita, tenemos a nuestra disposición una literatura infinita. ¿Como sería eso? Cada vez que leo un texto de Monterrosso o de Ford, se me ocurre pensar las palabras que no han usado. No es poesía, donde una palabra puede ser un mundo, sino prosa, donde las palabras individuales no tienen tanto peso. O sea que pienso en las frases que el tipo no escribió, la luz que no describió, el paisaje que no está en su cuento. Y es así que me encuentro con que tenemos una literatura finita en lo que escribimos, pero infinita en aquellas cosas que no escribimos. Todas las palabras están a nuestra disposición, todas las frases y todos los adjetivos, aún los más extraños o desconocidos. Pero elegimos, elegimos a cada minuto. Y en lo que elegimos también componemos, porque dejamos casi todo el infinito afuera, y nos quedamos con una pequeñísima parte.