Ricardo Piglia (1941-2017)

Ha muerto uno de los escritores argentinos contemporáneos más interesantes y lúcidos. A mí me gustaba más como crítico criticando a Borges y elogiándolo como lo que era, que escribiendo. Pero reconozco que su calidad era suprema. Son esos tipos difíciles de reemplazar que surgen cada tanto e iluminan el camino con su inteligencia, su amplísima cultura y su visión a prueba de tontos. QEPD.

Cansancio cultural

Existía una época en que la Navidad era el inicio de las vacaciones. Todo el mundo se iba de descanso tres o cuatro semanas, en enero o en el peor de los casos en febrero. La ciudad se detenía. Las familias iban a la playa o a las montañas. No existía el celular ni el email para que tuviéramos que estar pendientes de los que quedaban, porque no quedaba nadie o muy pocos. Todo eso ha cambiado. Una especie de cansancio cultural ha destruido esas tradiciones, esos comportamientos estancos que regulaban y sincronizaban la vida en sociedad.

Porque si bien los trabajos han cambiado, aquellos que tienen mayor poder de dinero en la sociedad podrían haber mantenido esas costumbres, pero fueron los primeros en quebrarlas. Hoy la vida se ha licuado, es una vida líquida que va de aquí para allá. Con mucha más libertad, es cierto, y mayor productividad, es cierto, pero sin códigos sociales ni pausas obligadas que nos permitan descansar. Me pregunto ¿podría ser distinto?

El arte del arte

Existen, en cualquiera de las ramas del arte, tantas expresiones como artistas hay. Eso de reunirlos en escuelas o movimientos o estilos es una convención para poder vincularlos unos con otros, por una fiebre catalogadora inexplicable a estas alturas de la cultura. Y cuando se acaban las categorías inventamos nuevas. Es el caso de Houllebecq, a quien definen como miembro de la “nueva narrativa francesa”, categoría inútil si las hay.

Estoy leyendo su novela El mapa y el territorio, premio Goncourt 2010. Me parece buena hasta el momento, aunque dista mucho de ser la genialidad que me dijeron que era.

Calor

Hay un calor pesado en el aire. Caminar es difícil. No es, sin embargo, el día más caliente. Por momentos, una brisa me recuerda el sudor en la camisa. Caminar y caminar es el destino. Por momentos, lento y abatido, por otros apurado como si tuviera que llegar. No puedo desprenderme del calor. La gente te mira al pasar como buscando una explicación. Todos estamos bastante locos como para admitirlo, pero la ciudad se vuelve inhumana cuando las temperaturas son extremas y, sin embargo, no cambiaríamos este manicomio por otro similar. Este es único. Amarillo y naranja por momentos, Buenos Aires es el lugar.

 

 

Ejemplo de frustración

Tengo la historia. Esa, que me sugirió un amigo en un momento de inspiración mutua. Tengo los personajes, las situaciones, el tiempo. Tengo el cuento que quiero, lo veo, lo presiento, casi lo puedo leer en mi cabeza. Sin embargo, no puedo escribirlo. Bloqueo, piedra, sequedad, todo junto y más que se combina y no puedo escribir ni una palabra, la primera.

Lo dejo. Me olvido. Me voy a otro lado. Escribo tonterías para olvidarlo razonablemente rápido. Bebo café y más café. Sé que sigue ahí, sé que me espera, sabe que volveré. Y vuelvo. Y no puedo. No tengo la forma de doblegar mi sequedad.

Tengo miedo de comenzar porque sé que borraré. Una y otra vez borraré todo. Será otra frustración, pero más quemante que ésta. Sé que no puedo y no sé. Ambas cosas. Y quizás también sé que nombrándolos, puedo exorcizar los fantasmas.

Quizás lo mejor sea dormir, totalmente ebrio, sobre la playa.

Las cosas que pasan

Veo aquí y allá que se valora la simpleza y la sencillez. No entiendo como esto es posible, dado que la vida es compleja, la naturaleza es compleja, el ser humano lo es más y las cosas que nos pasan a cada uno y a todos juntos son por demás complejas. No será que valoramos las cosas llanas porque nos aterra enfrentarnos a la complejidad?

No hay respuestas simples, no hay situaciones claras salvo raras excepciones. Siempre estamos sometidos a multitud de realidades, miradas, interpretaciones, que no son fáciles de entender. Qué valor puede tener la sencillez en este mundo inentendible?

Tantas noches y tantas mañanas

Llevo como veinte mil noches y veinte mil mañanas en mi haber, y aún no puedo saber como va a ser la que sigue, sea noche o sea amanecer. Uno podría pensar que con semejante ejercicio de repetición ya estarían agotadas todas las posibilidades. Además, tanto hacer y hacer lo mismo, ya deberíamos saber por las señales y los signos previos, si esta noche será una de aquellas espectaculares noches de vino y lujuria intelectual, o una aburrido decaimiento o alguna de las infinitas posibilidades intermedias. La mañana de mañana nos sorprenderá igualmente con su aparición de la misma muchacha con vestido nuevo. Y nos pescará otra vez distraídos.

Navidad

Parece ser que llegó la Navidad, aunque cada vez con menos pinta de fiesta. No está muy claro que festejamos, porque cada día son menos los que recuerdan al que nació en Belen de Judea. Y muchos, muchísimos menos todavía los que siguen sus enseñanzas, que son lo que quedó finalmente. Pero es un buen recurso para vender, para encontrarse con la familia que se junta siempre casi completa, y para reflexionar sobre el año que se va y el que viene.

Miramos el tiempo como si fuera un escenario. Somos los espectadores de la primera fila que comemos caramelos mientras cerca nuestro transcurre el drama. No vemos que la obra es improvisada y que el publico es el único que puede torcer el argumento, o sea nosotros. Lo que vemos no nos gusta, lo que pasó no nos gusta, pero no estamos dispuestos a hacer nada distinto de lo que hicimos este año. Por lo tanto, los resultados serán los mismos.

Debemos subir al escenario. Tomar un papel y escribir la obra, planear los parlamentos. Mientras tanto, un pincel y decoramos la escenografía. Finalmente bajamos del escenario y aplaudimos. Es nuestra obra. Aplaudimos a rabiar.

¿Cuán poco es poco?

Alguna vez te ha pasado que, al doblar una esquina, te cruzas con alguien que te impacta. Puede ser por muchos motivos, pero indudablemente te llama la atención, te imprime algo nuevo tal vez imperceptible, te deja una marca fugaz que dura menos que un instante. Puede que la impresión sea tan fuerte que te des vuelta y hasta pienses en correr detrás, cosa bastante tonta si las hay. Sigues tu camino con la mente fría del caminante, pero no es posible que dejes de preguntarte: ¿Qué pasaría si…? Pero no. Vuelves a mirar el sendero y te olvidas de la marca que te dejó. Crees que lo olvidarás y todo será normal nuevamente, un camino recto que te aleja de esa impresión, esa sensación o esa emoción. Tu mente dice que así es la vida, que hay cosas pasajeras, que hay visiones y espejismos, que hay que luchar por lo duradero. Tu corazón dice que cuánto dura una esquina? Menos que nada, se contesta. Tu experiencia dice que la impresión te la causó un detalle, una mirada, un gesto o un perfume, apenas un insignificante detalle dentro de la gigantesca composición de avatares que es el otro, y que con tan poco no se construye un edificio, una estructura sólida y permanente. Todos ellos te gritan a coro que te olvides, que la única verdad es la realidad y que soñaste despierto durante media cuadra o menos. El coro de los asesores del fracaso te devuelve a pensar y razonar, a utilizar y calcular, a medir. Porque aquella impresión, ese milagro de la vida por el que tiembla en un instante el Universo, dicen que es poco.

 

 

Impedido para la poesía

A veces quisiera escribir poesía. Es presión, pasión y perfume. Presión sobre las palabras para elegirlas y, después, para comprimirlas. Pasión, porque es necesario afilar el puñal para arrancar un clima y un poco de sangre del papel. Y un perfume que pueda impregnar el sentido para que no se nos escape sin dejar rastros.

Nunca he podido atravesar tal milagro sin quedarme en medio del desierto, de noche y a oscuras. Cuando escribo, no puedo ser tan sutil como para extraer ese perfume de cada palabra, cada frase y, menos aun, cada idea. Porque la buena poesía está llena de ideas.

Poesía maestra

Una parte de mi es todo el mundo, otra parte es nadie, fondo sin fondo. Una parte de mi es la multitud; otra parte extrañeza y soledad. Una parte de mí pesa y pondera, otra parte delira. Una parte de mí almuerza y cena, otra parte se espanta. Una parte de mí es permanente; otra parte se sabe de repente. Una parte de mi es sólo vértigo, otra parte lenguaje. Traducir una parte en la otra parte, que es una cuestión de vida o muerte, ¿será arte?

El genio que escribió la poesía que copio arriba de esta línea acaba de morir en Brasil. Se llama Ferreira Gullar, y bastaría solamente que hubiera escrito lo que dicen esas cuatro líneas para que se transformara en un poeta mayúsculo. Fue conocido fuera de Brasil recién cuando Raimundo Fagner puso música a esa poesía. Sin palabras. Porque está todo dicho.

 

Las dos letras

Hace unos días, mientras releía El Marido Rural, de Cheever, me sorprendí a mi mismo pensando en el doble juego de la literatura. Por un lado, a todos nos gusta desde niños que nos cuenten cuentos. Lo usaban nuestras madres y abuelas para hacernos dormir. Viene de tiempos remotos, donde gustábamos de vivir aventuras en la imaginación, porque nada la podía suplantar como ahora. Por otro lado, existe una literatura de excelencia, de arte, de profunda sensibilidad, que acorta distancias y habla al corazón y a la mente en conjunto, no a la distracción de una historia bien contada. Es la literatura que busca otro modo de usar el idioma, investiga nuevos códigos, exprime el significado y el significante y se transforma en una obra de arte, creando un mundo que no existía antes. Es difícil ver la diferencia entre una forma y otra. La forma más clara de explicarlo sería usando el mismo arte: por más que te cuenten quien fue y qué hizo de notable La Gioconda, nunca podrás reemplazar las sensaciones que te pone estar frente al cuadro. Aunque sea una reproducción. Saber si fue la esposa de o la amiga de, no cambia en absoluto la sensación de la proximidad ni el placer de vivir en ese mundo, donde solo está ella.

La edad de la vejez

El ómnibus se detuvo y subió un hombre anciano, de unos setenta años. (Hoy es difícil darle categoría de anciano a alguien, dado que la cifra que puse antes se corresponde con la edad del presidente de USA; sí, ese país está gobernado por un anciano). Pensé en todas las cosas que el anciano habría vivido, cualesquiera sean, que lo deberían haber transformado en sabio. Supo del amor y del desamor, de la pasión y de su abandono, seguramente vivió épocas de abundancia y otras de necesidad. Y me preguntaba, ¿Realmente ha aprendido algo? ¿Tendrá una pizca de mayor sabiduría que el joven de veinte que viaja a su lado? ¿Se sentirá satisfecho de haber obtenido la sabiduría necesaria para pasar los últimos años de su vida en verdadera paz interior?

Adivinaron la respuesta: no. ¿Cómo lo puedo saber? Porque lo vivo cada día, y cada día me sorprendo de la falta de respuestas que tengo y de las ingentes cantidades de experiencia que me falta vivir. Que me faltó. Que me faltaría. Que me faltará, inclusive.

Esto es así. Nunca termina. Nunca termina hasta que termina abruptamente. Es un camino siempre en ascenso, siembre cuesta arriba pasando por cumbres siempre más altas, hasta que, sin avisos ni carteles, un enorme abismo se abre y caemos casi sin darnos cuenta.

No existe la madurez, no existe la sabiduría. Son engaños para hacernos creer que la vejez y el paso del tiempo tienen algo atractivo.

La calidad del lector

Podría ser una ingeniosa idea suponer que los buenos lectores son aquellos que transmutan un pobre texto en una experiencia memorable. Encallada en letras y metáforas manidas o inconducentes, la mente del lector debe ingeniárselas para dotar a esos textos de algún valor. De otro modo, debería aceptar que ha perdido el tiempo, y esta es una actividad prohibida por estos días. Mediante este ingenioso artilugio, la responsabilidad de la obra se traslada al lector y uno, incapaz de escribir algo perdurable, puede fracasar en paz.

Eso decía un escritor virado en un libro reciente que acabo de terminar de releer. Siguiendo la línea, no habría malos escritores sino solamente malos lectores. Imaginemos esta situación. No existen malos carpinteros, sino personas que no saben sentarse en las sillas que el señor fabrica. Como se sientan mal, la silla se desarma y el tipo se cae estúpidamente al piso.

Así son las mujeres

Ella creía que existían cosas que nunca diría a nadie. Ni a su mejor amiga, ni a su madre ni a su esposo. A nadie. Eran cosas que estaban tapiadas detrás de un muro suficientemente rígido y grueso que nunca saldrían a la más pequeña luz. Sorpresivos sentimientos íntimos, deslumbramientos supuestamente efímeros, sensaciones inconfesables, eran el material que una mujer debía contener dentro de sí, sin el más mínimo asomo de duda. Nada de todo eso debería mostrarse al mundo, so pena de aparecer como equívoca, indolente, o en el peor de los casos, liviana. Así, una mujer podía permanecer mucho tiempo, cuarenta o cincuenta años hasta que todo aquello se perdiera. Cuando estuviera en condiciones de confesarlo, ya no habría qué confesar, todo habría desaparecido erosionado por el viento del tiempo. Carcomido hasta desaparecer. Así somos las mujeres, diría, y al fin y al cabo a nadie le importaba, porque todos sabían que así eran las mujeres.