Como si nada hubiera pasado

La rata estaba prolijamente acomodada sobre la cama matrimonial, del lado que ella solía ocupar muchos años atrás. Una bolsa de nylon impedía que la sangre manchara el cobertor. De la cabeza destrozada apenas se veía un ojo y un pedazo de oreja. Pensó en gritar el nombre de su esposa pero se contuvo, apagó la luz y salió. Unas gotas de sudor y de furia caían sobre su camisa.
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¿Usted es mudo?

Traía un vestido suelto que la envolvía y disimulaba sus previsibles curvas. En la sala de espera yo era el único, sentado en la penumbra. Entró y se acomodó en un rincón lejos de mí. Por momentos caminaba hasta la ventana, miraba el paisaje urbano y volvía a la silla. Examiné lo más detenidamente que pude sus piernas. Eran robustas y tenían algo de niña. Su cintura, levantada por el vestido, parecía la cintura de un ángel rodeada por una cinta que caía en su espalda. Su piel era morena. Llevaba el cabello muy negro revuelto. No debía tener más de veinticinco años. Cuando me decidí a mirarla me encontré con unos ojos grandes, vivaces y muy oscuros. Su boca breve guiaba la mirada naturalmente por el cuello hasta unos pechos firmes y pequeños. Todo aquel escote era una maravilla. Preguntó
– ¿Sabe usted si el doctor está atendiendo?
Asentí con la cabeza. Tenía las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo y miraba hacia la puerta del consultorio.
– ¿Conoce usted al doctor?
Asentí nuevamente.
– ¿Es usted mudo? – preguntó, impaciente.
– No.
– El doctor es nuevo en el pueblo. – dijo.
Sonreí afirmativamente.
– Ojalá resuelva mi problema. – dijo fríamente- Nadie me ha podido ayudar.
– Él es muy bueno. Debes confiar en él.
– He pasado por muchos psicólogos, loqueros, psiquiatras, curanderos, hasta un mago una vez me prometió que me curaría. Pero no he hecho sino empeorar.
– ¿Qué tienes?
– Me estoy volviendo loca.
Hice un gesto con la mano de no entender. Ella me hablaba desde el otro lado de la sala de espera. Por momentos miraba el piso. Luego, sus ojos negros taladraban los míos como si quisiera fundirlos con su mirada.
– No puedo dejar de mentir. Miento todo el tiempo, a todos, y quiero decir la verdad pero no puedo. Finjo que soy amable y comprensiva, pero me impaciento cuando alguien viene a decirme sus problemas.
Pensé que hay mucha gente así. Ella continuó.
– Finjo amar a las personas, pero en realidad siento desprecio y rencor. Simulo ser tolerante, pero por dentro me hartan las personas. Y se los digo. ¡Ja! ¡Imagínese!
Sonreí. Me pareció que mi gesto era de comprensión.
– ¿De qué se ríe? – preguntó.
– Perdona. – atiné a decir.
Ella prosiguió,
– A mi novio le dije que mi jefe me había tocado la pierna. ¡Y el muy imbécil me abandonó! ¿Puede usted creer eso? ¿Se puede ser tan tonto?
– No es tu culpa.
– Le dije que me había gustado un poco, pero solo un poco. Mi jefe es elegante y caballero, bueno… ahora un poco menos… No quiero mentir. No debo mentir.
– ¿Cuánto hace que estás así?
– Desde el balazo. Ahí fue donde todo cambió. Vi la luz y todo eso, todo lo que dicen. Entraron ladrones y mi padre los enfrentó. Me dieron uno en el cuello. Aquí, mire. Cincuenta días en coma.
Mientras hablaba se puso de pie y caminó hacia mí señalando su cuello, esa obra de arte que yo no podía dejar de mirar. De cerca se veía una marca como un pedazo de soga de color rosado. Y más abajo, sus senos pequeños, onduladas colinas que me hacían maldecir no tener veinte años menos.
Siguió hablando.
– Quisiera mentir, y puedo hacerlo. A veces oculto cosas o digo cosas que no son verdaderas. Pero siempre pienso que estoy perdiendo algo si miento, alguna cosa que me podría suceder y que no va a pasar porque digo cosas que no son.
– Cambias el devenir natural de las cosas…
– ¡Claro, eso es! – exclamó- Usted lo ha dicho muy bien, usted es un genio, ya me parecía a mí…
Ahora sonreía feliz. Volvió a su silla repitiendo en voz baja “cambiar el devenir natural de las cosas… el devenir natural de las cosas…”
Sentada en el rincón miraba directo a mis ojos y sonreía. Comencé a pensar que quizás no estaba en sus cabales, pero no sabía cómo averiguarlo. Y me di cuenta que me importaba.
– Anoche mi mamá me preguntó si estaba bien, porque mi novio se había ido enojado, y yo le dije que sí. Y después le dije que no. Y después que sí.
– Muchas veces no sabemos…
– Ella se enojó. Y ahí me dijo que viniera al psicólogo. Y le prometí que lo haría. Y aquí estoy. ¿No ve?
– Veo.
– ¿Y ve también como me mira las tetas? Usted es medio abusador, me parece. A su edad debería ser menos infantil o menos degenerado. – dijo, enfática.
– Me gusta apreciar la belleza. Y tu escote es muy bello – dije intentando ejercitar mi paciencia.
– Eso me gusta. Que me elogien me gusta. Por cualquier cosa, no importa. Me hace sentir que le importo a alguien, aunque sea un desconocido.
Seguía sonriendo. Por fin alguien que parecía creerle o importarle.
– ¿Lo ves? La gente puede entenderte sin problemas. Debes disimular un poco, nada más.
– Usted no es la gente. Usted es un señor que recién conozco y que tengo miedo que me diga algo inapropiado. Hoy hay muchas personas así por ahí, que piensan solamente en sexo. Me estoy sintiendo indefensa con usted.
– Pero no he hecho más que decirte la verdad. Me gusta tu escote. Eso es todo. Quisiera besarlo, te juro por dios… ¡Es la verdad!
– Es lo que digo, usted es un degenerado.
– ¿Ves qué pasaría si dejaras de decir todo lo que pasa por tu cabeza? – me estaba enojando rápidamente.
Bajó la cabeza y puso sus manos debajo de sus muslos.
– ¿Sabes que pasaría? Nada. Simplemente la gente te tendría un poco más de cariño. ¿No crees?
Hizo una mueca con la boca como de disgusto y fijó la vista en la calle. La ventana daba a una plaza. Las personas paseaban perros y niños y tomaban sol en el césped.
– Si, usted tiene razón, a veces siento que nadie me quiere, que todos se confabulan en mi contra.
La miré directo a sus ojos.
– Es que a la gente no le gusta que le digas la verdad sobre cada cosa.
Estuvo unos minutos en silencio.
– Yo antes no era así. Bueno, creo que no, pero no lo recuerdo, no recuerdo mucho de antes del accidente. Pero ahora es más fuerte que yo. ¿Entiende?
Hice un gesto de comprensión.
– Nadie soporta toda la verdad todo el tiempo. – dije.
– Entonces debo mentir, ¿eso es lo que me dice? Debo disimular, falsear, esconder. Eso me dice mi madre: “Solo sonríe, solo debes sonreír”.
– Escucha bien. – hice una pausa – ¿Cómo sabes cuál es la verdad?  – dije.
– Por favor, no se enoje conmigo. Tengo un problema. – su tono era de una niña desvalida.
– Discúlpame.
– No, Usted perdóneme. ¿Tardará mucho el doctor?
– No creo. – dije.
Volvió a quedar en silencio. Yo la miraba con una sonrisa. Nos atraen los indefensos.
– Usted tiene la edad de mi padre, me parece. No debería mirarme así. Me hace pensar cómo sería tener sexo con un hombre mayor, no debiera ser malo, pienso, quizás encuentre algo que me guste.
– Basta con eso. – dije.
El sol se había ocultado. Me levanté y encendí la luz de la sala de espera.
– ¡Cómo tarda el doctor! – dijo levantando las manos – Creo que me iré de aquí. Aunque quizás sería mejor quedarme. Además, mi madre me dijo que no vuelva igual a cómo me fui.
– Es mejor que te quedes. – dije.
En ese momento ella sonrió ampliamente. No fue un gesto de amabilidad, sino de entrega, de total confianza, de brutal conmiseración hacia sí misma y hacia mí. Comprendí que la vida no es de fiar, ya que cambia a cada minuto.
Entonces me levanté, abrí la puerta del consultorio, entré y encendí la luz. La tarde ya se había hecho noche cerrada. Desde la puerta la veía más pequeña y más indefensa.
– Pasa. – dije.

 

El señor del agua

El forastero tomaba su sopa al fondo del angosto y largo salón. Sus modales eran diferentes a los de los lugareños, que tenían los hombros hundidos y la cabeza dentro del plato. El lugar olía a comida rancia, como todos los de ese pueblo perdido en las montañas.
Había llegado de madrugada, envuelto en el frío. Se acomodó como pudo en un portal frente a la plaza y se dispuso a esperar. Ahora toma su sopa con parsimonia, como si esperara algo que debía ocurrir. Unos parroquianos conversan en voz baja.
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Navegando por el Delta

Ese gesto era normal, muy normal; era tan común que, de no haberlo hecho, cualquier persona como yo parada a cuatro mesas de distancia en el pulido bar del aeropuerto o mirando los enormes aviones por encima del hombro de los que pasan, debería haberlo notado o al menos habría detectado una pequeña ausencia. Colocarse los anteojos y sacárselos, una y otra vez, era una rutina que podría ejecutar impensadamente unas doscientas veces al día. Tengo un amigo que puede calcular la cantidad de veces exacta, dependiendo de que sea un día de trabajo o no; es un aficionado, pues aún cree en las matemáticas y sostiene que nuestro destino son números y que la Geometría de Cheever es poco precisa.
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El descubrimiento

El distinguido científico Mr. Theodore Clouds creyó haber descubierto, esa noche de verano, cómo funcionaba la vida y la dicha o desgracia de los mortales. Al menos, así lo asentó en sus notas plagadas de puntos suspensivos y frases rimbombantes pero duramente ambiguas. Encerrado en su mansión con vista al enorme océano, inacabable, había logrado que los astros bendijeran sus experimentos y, presa de exaltación y entusiasmo, decidió que esa noche no dormiría. Debía dar a conocer su secreto al mundo, que esperaba ansioso la receta que lo salvara de todos los males.
Su último experimento, el definitivo, había sido exitoso. Y lo había repetido hasta el agotamiento, siempre con el mismo resultado. En la habitación oscura, con todas las ventanas clausuradas y donde no llegaba un rayo de la más mínima luz, había abierto el frasco de la mariposa. Esforzando la vista, vio como el animal volaba en círculos. Primero tímidamente, luego más animada y segura. En ese momento encendió la lámpara sobre la mesa. Como impulsada por un instinto suicida, la mariposa voló directo a la luz. El ruido del golpe pareció un estruendo en la noche silenciosa.
Mr. Clouds anotó prolijamente: “Las criaturas que ven un resplandor o una luz extraña, sienten el impulso de fundirse con ese objeto, aún a riesgo de su propia vida y salud. No importa que el brillo provenga de algo desconocido o de algo que conocieron y olvidaron. La fuerza es la misma. Por lo tanto, es recomendable que todas las criaturas que se vean sometidas a esa tentación, permanezcan en su lugar. Quietos y aferrados a un escenario conocido, nada malo les ocurrirá.”
Cerró su libreta, satisfecho. El amanecer estaba despuntando, tormentoso. Recogió la mariposa atontada aún por el golpe, la miró con detenimiento en su palma de anciano huesuda y arrugada. Tomó la tapa del frasco para guardar el animal, cuando una ráfaga del viento de la tormenta golpeó con fuerza y abrió una de las ventanas. Para sorpresa de Mr. Clouds el animal voló, directo y elegante rumbo a la luz del amanecer, para perderse en la infinitud de la costa del océano.
Recogió nuevamente su libreta y escribió: “Lo establecido antes no es válido cuando la luz es natural, en lugar de artificial, o cuando el mar océano le ofrece a la criatura un horizonte infinito.”

El saco rojo

Cuando conocí a Emilio Reinhardt, viajante, me fascinaron algunas cosas de su vida que otros juzgarían realmente lamentables. Una era su gran capacidad de inventar historias; la otra, su fanático apego a la rutina.
Emilio vivía recorriendo el enorme país constantemente, vendiendo repuestos de maquinarias agrícolas, y cada sitio por el que pasaba era fuente de inspiración de largas descripciones pobladas de imágenes y anécdotas que yo saboreaba en interminables tertulias sin preocuparme demasiado por su veracidad.
Salía de su casa indefectiblemente todos los lunes a las 7.45, bolso, portafolio, piloto y mapa de carreteras; y regresaba los jueves a las 17.45 en punto. Los horarios eran de tan severo cumplimiento que una vez su esposa selió a la vereda a las 17.50 porque aún no había llegado. Había perdido cinco minutos bajando del auto un cajón de frutas que había comprado en el camino. Nunca vi cosa igual.
Un sábado de invierno fui invitado a cenar a su casa. A la hora de la charla, Emilio comentó que se había salido del camino de rutina para pasar por un pequeño pueblo donde, se decía, fabricaban unos hermosos sacos de vicuña completamente artesanales. Atendido por un indio de la zona, y pagando un precio ridículo, compró uno, rojo, con motivos de la Pachamama, que mostraba orgulloso y del que no se desprendía ni cuando se sentaba a la mesa.
El lunes llamé por teléfono a su casa, al mediodía, según era mi costumbre para agradecer a su esposa la opípara velada. Extrañamente fui atendido por él, que no dio importancia a mi broma sobre su presencia en casa fuera de lo acostumbrado.
A la semana siguiente me llamó, creo que fue un martes, para invitarme al cine. Supuse que había perdido su trabajo o que estaba de vacaciones y se lo dije, a lo que contestó que no, que su trabajo iba mejor de lo acostumbrado y que ya no necesitaba viajar tanto. Cuando me pasó a buscar noté que había comprado un auto nuevo, y sus ropas también eran nuevas. Sentí cierta envidia, que oculté con culpa.
Por esa época dejé de frecuentar su casa. Comenzamos a vernos más esporádicamente, sobre todo luego de que se mudara a un barrio muy exclusivo de la zona norte, donde siempre atendía el teléfono un ama de llaves.
Por amigos comunes me he enterado de que trabaja solo en invierno, y que sus ganancias no han parado de subir en estos años, aunque el divorcio le llevó una buena parte y los hijos descarriados dilapidan mucho dinero.
En el club de golf lo apodan el loco del saco rojo.

El taxi

Victor Ivanovich era taxista. Lo había sido durante los últimos treinta años hasta esa noche, en que murió al chocar de frente contra un camión detenido en la avenida Independencia. No tuvo tiempo de sentir miedo. Su pasajero, Walter NN, de quien obviaré el apellido porque tristemente vive, totalmente borracho, bajó como pudo. Estaba aturdido y ensangrentado, tambaleándose bajo la lluvia inclemente. Dio la vuelta hasta el asiento del conductor; Victor tenía el volante incrustado en la frente y un hilo de sangre en el oído izquierdo. La lluvia torrencial y los rayos habían apagado las luces de la calle. No se puede medir la infinita negrura de la noche en una Buenos Aires sin luz.
A los tumbos, con el pecho ardiendo por el golpe, aturdido, Walter caminó por la avenida bajo la lluvia. Unas calles más adelante se veía, como en una frontera brillante, que la avenida volvía a tener luz. La dependiente de un bar le preguntó qué le había pasado y qué iba a tomar.
– Un whisky.
Entró al baño y enjuagó la sangre de su camisa. La lluvia arreciaba. La veintena de hombres en el bar reían y apostaban al billar.
– Venía en un taxi. El conductor murió. – dijo.
La mujer rio con ganas y dijo en voz alta.
– Miren éste! Se mató el chofer que lo traía!
La respuesta fue una risa general y unos gritos, algunos silbidos, como si hubieran contado un chiste o hecho un gol en la televisión.
Salió a la calle, más aturdido. La lluvia era como un castigo de millones de pequeños latigazos que hacían arder las heridas de su cuello. Al subir a su departamento, entró sin encender las luces. Adriana preguntó, dormida,
– ¿Llueve?
– Sí, mucho.
Se desvistió en el baño y se metió en la cama. Ella dijo,
– Pablo aprobó matemáticas. El plomero no vino, así que la ducha no funciona. Mamá viene el sábado.
Walter sollozaba en silencio. Un hilo de sangre corría por la almohada.

La mujer venía en el tren…

La mujer venía en el tren leyendo un libro. Su postura era simple, las piernas elegantes y el vestido sobrio. Intenté ver la tapa, pero su mano lo impedía. Parecía algo que tenía que ver con el amor, o con el dolor, con el terror o con el sopor, no podía ver más que eso. Ella estaba concentrada, con los ojos replegados sobre sí mismos, como hacemos cuando disfrutamos algo internamente con fruición. Sus manos acariciaban el lomo del libro y el canto de las páginas, quizás en otros tactos y otras caricias. A veces cerraba el libro por un instante y miraba por la ventana, hacia otro tiempo y otro lugar. Por su mirada, creí entender que el tren no la llevaba en esa dirección.
Las letras penetraban sus pupilas celestes como las cartas que entran en los buzones. De una en una, a ritmo veloz iban cayendo y apilándose sin pausa. Luego de llenar el recipiente de la memoria, esas agrupaciones de símbolos caprichosos iban entrando en su mente. No eran el designio de un dios, ni el verbo iluminado de un mensajero de la divinidad. Eran apenas símbolos ordenados por otros hombres que a su vez los habían heredado de otros hombres y mujeres antes que ellos. Eran símbolos como fogatas de monos, como nacidos del trueno y del rayo.
A la altura del parietal derecho, cual fina arena, se depositaban mientras su cerebro las devoraba. Los símbolos se trababan entre sí, se enganchaban. Unos impulsos sutiles trataban de ordenarlos, bajaban por detrás de su cuello hasta la espalda, y ahí se dividían en un río que caminaba por su cintura hasta las piernas. La mujer las cruzaba hacia el otro lado, las encogía, pero el cosquilleo no cesaba. Su cerebro tomaba nota de ello y ordenaba encender el pubis. Ella solamente sentía que la transportaban a otro lugar, a otro tren, con otro vecino que no era yo, sino el realmente deseado.
Al mismo tiempo, alguna parte de esos símbolos negros en la hoja blanca eran enviados a la columna vertebral, donde se incrustaban en unas células que estaban a la espera de cierto momento y señal. El cerebro daba la orden y esas pequeñas células se recombinaban con sus vecinas, y ambas devoraban los palitos de la “te”, las virolitas de la “eñe” y la graciosa cola de la “a” como si fueran bestias hambrientas, peleándose por la presa. Mordiscones y tironeos daban cuenta de las mayúsculas. Los puntos eran engullidos rápidamente, sin piedad.
Reforzadas por el atracón, esas células cambiaban de color y segregaban un líquido más oscuro que de costumbre. Los pechos de la mujer se erguían, el pubis se retraía, las caderas se ampliaban y eso generaba un impulso adicional que hacía que las células de la columna se oscurecieran aún más y fueran transpirando ese líquido a todo el cuerpo. Todas las células de su cuerpo ya habían registrado el cambio para cuando el tren se detuvo en el andén. No quedaban ya palabras que digerir.
Al descender, ella ya estaba lista.

 

El pronóstico del tiempo

¡Hola, amigos! Espero que se encuentren bien ahí, disfrutando del año 2016 (o más o menos). Quizás anden ustedes por esta zona donde yo estoy ahora, tropezando con aquella imaginación de carteles y publicidades que suelo ver en las fotos. Por suerte los hemos prohibido ya hace décadas, y ahora el verde de los montes y el verde del mar por fin se aprecian desde la costa.

Es una pena que todavía en 2016 ustedes no pueden leer esto en todo el mundo, ya que aún existen los idiomas, esa estupidez. Muchos años después de ustedes unificamos el español como lengua y ahora pueden leerme en todo el mundo cuando escribo en mi cuaderno. En realidad, no podría apostar que ustedes estuvieran leyendo esto, ya que lo escribo solamente porque mi hijo me contó que existe una máquina, ahora y aquí, que pone este texto en un lugar del espacio que ustedes pueden visitar. Han desarrollado una máquina que se enfoca en esa zona y han hecho contacto con alguno de nosotros. Zon, mi hijo, es un poco exagerado y le gusta inventar historias, pero debo reconocer que siempre está al corriente de lo que pasa. Aunque muchas cosas no pasan…

Este último invento debo reconocer que me impactó. Que yo pueda publicar en la Red, en determinado sitio, algún escrito breve y que sea leído por los que estuvieron hace cien años aquí, es algo más que extraordinario. No hay muchas precisiones sobre quién lo leerá, no podemos saber si serán un grupo de científicos encerrados en una torre o un periódico que lo publicará en papel (papel!) para que lo lean todos, eso no lo sabemos. No tendremos respuesta tampoco. Ustedes no pueden hacernos llegar nada. Pero nosotros intentaremos contarles algo de lo que quizás no puedan entender mucho.

A propósito, una vez hace tiempo ví un trozo de papel. Qué impresionante era eso. Cuántos árboles deben tener ustedes…

Pero volviendo al contacto, Zon me dice que  nuestra Red hace muchos años que es sensible, detecta cuando alguien lee. A costa de volvernos más insensibles, hemos logrado que las máquinas copien nuestra sensibilidad. Al menos alguien la disfruta todavía.

Sabemos que los que leen no pueden ser otros que ustedes, por la zona del espacio donde se ubica la información. Algo habíamos visto de que en 2010 hicieron unos experimentos secretos para poder detectar las señales del futuro. Hubo un accidente y algunos muertos, pero finalmente encontraron la manera de hacerlo, parece. A mis ciento veinte años no hay muchas cosas que me sorprendan, pero lo que con seguridad garantiza mi atención es el pasado y la historia.

Me quedan pocos caracteres para escribir, no debo superar el límite. Zon dice que lo peor es dejar un mensaje trunco, que me esmere en terminarlo con algún sentido. Hoy es un día especial, por eso mi hijo me ha invitado unas copas. Llegó temprano, cosa rara en él, y está muy condescendiente conmigo. Mi hijo tiene veinticinco, y a veces se despista un poco. Mañana debo ir al médico, es la ley. Es mi obligación, aunque nunca lo disfruto, esta vez será más intolerable: me dirán qué día moriré. En fin. Claro, ustedes no saben lo que es eso. Aunque nunca sepa si logran leer esto, quizás mañana me anime y les envíe otro mensaje. Será un día duro, muy duro, pero juro que lo superaré. Con unos tragos, y con la ayuda de Zon, lo superaré.

Sin esperanzas no se ve


La casa era tan pequeña que no cabían las ilusiones ni las esperanzas. Una esperanza es algo potente, magnífico, que ocupa todo el espacio, en cambio una ilusión puede llevarse colgada al cuello sin mucho esfuerzo. Li Yuang no conocía las unas ni las otras. Y sin embargo, a su manera, se podría decir que era moderadamente feliz. Esa pequeña choza era todo lo que su padre le había dejado; o quizás no. El pequeño Bo deambulaba por el piso de tierra casi desnudo, dando sus primeros pasos, y Mai lo miraba con una sonrisa mientras pelaba el zapallo y remojaba las coles para la única comida del día. Como en los últimos diez días, Li Yuang miraba el camino. Cuando no estaba dando de comer a las gallinas o sembrando en el arrozal o construyendo un camastro más grande para Bo, permanecía parado en el dintel de la única puerta, la vista fija en el único camino que serpenteaba entre las otras casas, los pies desnudos, el alma tensa.

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Uno, el mismo

I

En invierno, a la ciudad le faltan personas. Todos recogemos nuestras pertenencias, nuestras ilusiones y miedos, y los cobijamos al lado de la estufa. Siempre creí que, si toda la gente saliera a la calle en invierno, la ciudad sería menos fría y, con seguridad, menos distante. Ahora, luego de los sucesos que narro, pienso que estuve equivocado. Lo único que lograríamos sería traer del pasado la niebla de lo que se fue, el horror del pasado.
De repente lo vi. Caminaba delante de mí, las manos en los bolsillos, encorvado, como pidiendo disculpas por estar en la acera. En un primer momento dudé si era él. Llevaba una de sus camisas claras y unos pantalones con la botamanga demasiado corta, como siempre. No parecía sentir el frío agudo de la tarde ni el viento que mordía las carnes. Lucía más delgado de lo que yo recordaba. Caminaba lento. Cuando me repuse de la sorpresa pensé qué le diría. Le golpearía suavemente la espalda. Él giraría asombrado, con ese rostro afable de siempre. Me sonreiría y me diría
– ¡Hola! ¿Cómo estás, querido?
Intenté recordar cómo le gustaba llamarme, pero no pude. Unos pasos más adelante la acera se angosta por unos árboles y la sombra, fresca en verano, ahora era una tortura fría. Aceleré el paso, pero cuando él llegó a la sombra de la acera, desapareció. Así, sin más, se desvaneció entre la sombra y el árbol. Una brisa helada levantó la hojarasca como un telón. Confundido, me detuve, miré hacia atrás, no estaba. Aturdido, continué mi camino sin recordar claramente dónde iba.
El suceso me perturbó durante un tiempo. Muchas noches, en mi casa de la calle México, reviví ese frustrado encuentro y aquel final absurdo. Cada vez concluía culpando a mi imaginación. A fuerza de soledad, y de la necesidad de inventarme nuevos y oscuros propósitos, fui olvidando el suceso.

II

Unos meses después conocí a Amy, una muchacha con quien compartíamos lecturas del Tao en una biblioteca de Pompeya. Tenía a su disposición una singular inteligencia, pero prefería recurrir a su sensibilidad para manejar los asuntos diarios, lo cual a veces la volvía torpe. Solíamos entretenernos en largas discusiones sobre el significado del poema. Eran discusiones donde no había un final y acabábamos en silencio, como si fuera imposible concluir nada más que un perfume o una sensación. Coincidíamos en que la mejor traducción era la del jesuita Elorduy de 1937, aunque su copia tenía algunas palabras diferentes a la mía, inclusive algunas comas decisivas. Amy sostenía que un poema que describiera acertadamente el alma humana debía necesariamente ser ambiguo, inescrutable y contradictorio, pero por sobre todas las cosas debía ser cambiante. Se refería a cambiante como el clima, tal era su desconcertante idea.
Mientras volvíamos envueltos en frío por las calles del sur, le comenté la anécdota de la figura evanescente. En la calle Fournier escenifiqué el suceso aprovechando la sombra de una palmera que atajaba la luz del alumbrado. Amy dijo, como quien dictamina una verdad,
– No es imposible que lo hayas visto.
– Está muerto hace veinte años, Amy. – dije con pesadumbre.
– ¿Y eso qué? Es tu padre. Lo llevas en la sangre. Mires donde mires verás las cosas con sus ojos. Simplemente, te estás mirando al espejo. En la calle, claro.
Esa idea me espantó. No renegaba de él ni de su amor, pero la idea de que las personas me vieran como una versión más nueva de mi padre me resultaba repugnante en sí misma. ¿Acaso no me lo habían dicho varias veces en el último tiempo, como si volvernos viejos nos acercara a ser una única persona? Tuve inmediatamente la sensación de que no me repondría nunca de esa sensación obscena y tortuosa. ¿Acaso la naturaleza no sabía renovarse lo suficiente en la siguiente generación? ¿Era aceptable vivir una y otra vez la misma vida?

III

Me convencí de la necesidad de quitar mi vida de aquella pesadilla. No me sentía tan estúpido al intentar eso como me siento ahora al contarlo. Una tarde, luego de la lectura, tomábamos un café en un bar aciago de la avenida Centenera. Amy revisaba las copias de Elorduy buscando diferencias. Era sábado y esa zona de la ciudad estaba desierta, como si hubieran sacado cualquier rastro de vida de esas casas bajas y de esos depósitos monstruosos. El único habitante parecía ser el viento. De repente su figura emergió entre el gris de la calle y los coches estacionados. Traía un antiguo saco de lana con las solapas cerradas.
– ¡Allí! ¡Allí! ¿Lo ves? – grité apresuradamente.
Amy se volvió y pegó su frente al vidrio de la ventana.
– Sí. – dijo ella. – Es igual a la foto que está en tu mesa.
El viejo llevaba las manos en los bolsillos, como era su costumbre. Parecía tener prisa. Vimos como recorría la cuadra por la vereda de enfrente. La cabeza cana parecía un copo de algodón en medio de tanto gris. Un instante le tomó llegar desde la esquina hasta la mitad de la cuadra. Sostuvimos la respiración durante ese minuto incierto. El tiempo era una sustancia viscosa que nos iba cubriendo desde arriba a abajo. Al llegar al tronco de un ciprés deshojado, no lo vimos salir al otro lado. Lo había vuelto a hacer. Ella miró mis ojos y mordió su labio inferior.
– Amy, por dios, ¿Alguna vez viste desaparecer a una persona? ¿Acaso esto te parece normal, querida?
Ella estaba segura de saber, y de que yo no entendía nada. Su rostro ovalado se recortaba contra la luz de la calle.
– Todos nuestros antepasados son uno y nosotros somos uno, el mismo.
– Eso es enfermo. – dije sin pensar.
– Eso es herencia. Y ahora, por fin, ya eres viejo también. De eso se trata. – Se paró lentamente, sin mirarme, como si su tarea estuviese cumplida. Tomó el abrigo y los guantes y se los puso. Caminó despacio hasta la puerta. La noche la escondió con sus infinitos brazos y me la arrebató para siempre.

(c) 2016  JLG.

 

Dinamarca 2020

La sala estaba atestada. Aquella voz tenía un tono alto, el de un profeta. Las ventanas estaban muy arriba, casi a la altura del techo. Un cono de sol volvía más negra la muchedumbre. Mientras hablaba, Jorg Lilleholt se balanceaba; sus ciento cuarenta kilos hacían crujir los tablones. Era un hombre alto, de aspecto saludable, de pelo corto y rubio, y el rostro color zanahoria denotaba una envidiable vitalidad a pesar de sus setenta años. Desde la quinta fila, creí ver una gota de sudor cayendo en medio del polvo hacia sus zapatos gastados.
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