Poesía maestra

Una parte de mi es todo el mundo, otra parte es nadie, fondo sin fondo. Una parte de mi es la multitud; otra parte extrañeza y soledad. Una parte de mí pesa y pondera, otra parte delira. Una parte de mí almuerza y cena, otra parte se espanta. Una parte de mí es permanente; otra parte se sabe de repente. Una parte de mi es sólo vértigo, otra parte lenguaje. Traducir una parte en la otra parte, que es una cuestión de vida o muerte, ¿será arte?

El genio que escribió la poesía que copio arriba de esta línea acaba de morir en Brasil. Se llama Ferreira Gullar, y bastaría solamente que hubiera escrito lo que dicen esas cuatro líneas para que se transformara en un poeta mayúsculo. Fue conocido fuera de Brasil recién cuando Raimundo Fagner puso música a esa poesía. Sin palabras. Porque está todo dicho.

 

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Estado del clima en el mundo

Dicen los expertos que estamos cada día más cerca de lograr una simbiosis total con el clima. Esto quiere decir que nuestro espíritu, nuestro corazón, se reflejará en nubosidad o en nevadas, en sol quemante o fría humedad. Somos parte del mismo cielo, nosotros y las nubes, entonces esta comunión es un camino inevitable para la especie.

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La rosa de Hiroshima

El tiempo nos impacta distinto de acuerdo a su tamaño. Si pensamos en un instante, éste tiene la virtud del capricho. Puede ser tan arbitrario que se transforma en letal para cualquier esperanza humana. Si pensamos en las eras, tienen la suavidad de las olas del mar que crecen suavemente hasta que rompen y caen por el propio peso de su tamaño incontrolable. En el largo plazo es una novela, en el corto plazo solo puede ser reflejado por la poesía cuando es amarga y brillante.

Piensen en las criaturas, mudas telepáticas.

En ese instante brutal, demasiado cruel como el filo de un cuchillo, solamente un milagro podría rescatar la imagen o el pensamiento que anidan en la mente de esas niñas filosamente condenadas. Su mudez es nuestra condena. Pero sus pensamientos en silencio andan dando vueltas al globo desde entonces. Giran y giran pidiendo auxilio, diciendo que no son culpables, rogando piedad.

Piensen en las niñas, ciegas inexactas.

En ese instante brutal, quizás la ceguera sea una bendición y el recuerdo de la infancia feliz un bálsamo para tanto dolor. El dolor instantáneo abraza a los inocentes con un manto de piedad absoluta, cuando es insoportable. Las niñas son inexactas cuando son ciegas, no podemos fijar su imagen que se mueve como en un antiguo transceptor imperfecto.

Piensen en las mujeres, rotas alteradas.

En el instante de quiebre definitivo, ningún orden puede subsistir, ni el de los cuerpos ni las casas ni las bestias. Todo se desarma, la rosa y la mujer se alteran, se desarticulan, se quiebran sus coyunturas, nada permanece en su sitio, ni siquiera nuestro pensamiento de esperanza.

Piensen en las heridas, como rosas cálidas.

La sangre tibia entibia a la rosa, que ya tiene el color de la sangre. La rosa es cálida de líquido que brota de las heridas, a borbotones, como si fuera un baño purificador, que terminara con los males del mundo. Pero éstos solo han empezado.

Pero ¡oh! no se olviden, de la rosa de la rosa.

Al final debemos rescatar la rosa de la rosa, la esencia que no caduca porque es origen, porque es la idea detrás del símbolo, la imagen detrás de la idea y las mujeres, origen y comienzo, detrás de todo lo demás. Como metáfora total, la rosa es femenina, es origen del mundo, es amor, es paz. Es la rosa de la rosa.

De la rosa de Hiroshima, la rosa hereditaria.

Como si la maldición de la suspensión del tiempo no fuera suficiente, el castigo se propaga a hijos y nietos, a bisnietos y a choznos, blandiendo su oscura y filosa navaja en un tiempo más largo, el tiempo de las generaciones. Ya no afecta ese instante a ese minuto, sino a todo el siglo y después.

La rosa radioactiva, estúpida e inválida.

La indignación ante la injusticia es como un odio que no invalida sino que duele. Duele profundamente que nos hayan obligado a ser testigos de esto, del horror y del infierno. La estupidez del espectáculo visto a la fuerza razona e invalida, nada puede considerarse símbolo de nada, porque nada vale cuando todo vale. Como si a una rosa se opusiera otra rosa, la radioactiva.

La rosa con cirrosis, la anti-rosa atómica.
Sin color sin perfume, sin rosa sin nada.

El color y el perfume son los lazos que nos permiten atestiguar la rosa. Se han ido. Han sido cortados, como la rosa. Nos han castigado haciéndonos testigos mudos de su evaporación. De lo que algunos han sido capaces de hacer, reducirlos a la nada. Nos han reemplazado la rosa para siempre por una rosa enferma. Debemos pedir perdón a las víctimas por aquello que más nos duele.

 La rosa de Hiroshima. Poema de Vinicius de Moraes. Versión de Ney Matrogosso.

 

De profundis domine

¡Que venga, que venga, el tiempo que nos prenda! Tuve tanta paciencia que por siempre olvidé. Sufrimientos, temores, a los cielos se elevan. Y la malsana sed oscurece mis venas. ¡Que venga, que venga, el tiempo que nos prenda!
El joven mira sus manos blancas y puras, acaso recién manchadas, sentado en la triste plaza de un triste pueblo de este triste país. La noche está por llegar a la comarca y los búhos y las lechuzas apenas si se atreven a imaginar su horror. El joven intuye que sus sueños son imposibles, como lo es ese amor ya viejo y nunca correspondido. Le atrae el papel y el lienzo, la oscuridad blanca de donde salen esas
formas quebradas y cubistas, las palmeras nunca vistas y las letras temblorosas que denotan su pasión.
Sabe que no podrá nunca vivir sus sueños. Eso lo pone a la altura del poeta maldito, aunque no podrá escribir lo que le pasa hasta décadas después, cuando ya nada tenga sentido. En ese momento suena por el río el paso colectivo de las botas que bajaron de los camiones. El sonido tribal de la barbarie. Y no sabe si será esta noche o acaso otra noche la última en que verá esos árboles escuálidos, esas calles grises, esa iglesia demasiado blanca. Todo es despedida constante, todo es provisorio, todo es un decorado de papel que desaparecerá mañana. La vida dura lo que tarde alguien en decir el nombre del muchacho. La orden.
Y el poeta maldito regresa en su ayuda, para intentar olvidar el futuro de una buena vez.
¡Se la volvió a encontrar! ¿Qué? La eternidad. Es el sol mezclado al mar.
Pero he aquí que nadie pronuncia su nombre. La orden no llega. Los provisorio se vuelve constante. Los colores desaparecen aplastados por el gris de la costumbre y lo
posible. Los lienzos se evaporan y las letras se esfuman del papel bajo el fuego de los años. La muerte pasa cerca y deja un crepitar que balbucea su nombre, hasta que finalmente también pasa. Pero él está vivo, y seguirá vivo como si la permanencia fuera la vida, la resignación la suerte y el olvido la memoria.
El joven era yo. Pero yo es otro.