Nuevos escritos

Ya no actualizaremos este blog, sino que los próximos escritos serán publicados en http://www.jlgamband.com. La nueva ubicación está casi terminada, y tiene un formato bastante original. Intentamos que se parezca a la página de un libro, lo cual le da una apariencia muy interesante.

A todos nuestros seguidores le recomendamos registrarse en el sitio nuevo, así podrán recibir por email las nuevas publicaciones. También le recordamos que pueden dejar sus comentarios, los que serán contestados todos sin excepción.

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Cambio de domicilio

Estamos preparando un cambio de domicilio de este blog. por segunda vez nos iremos a una dirección propia, que es http://www.jlgamband.com. Aún no está listo, pero avisaremos.

A los seguidores que les interesa el blog, les pedimos que nos sigan también en la nueva dirección. Es un cambio que realizamos por segunda vez (la primera prueba falleció culpa de un virus) y por razones netamente de comodidad. La versión auto hosteada de WordPress es mucho más cómoda y ofrece más funcionalidades.

No queremos perder a nuestros lectores, así que apunten la nueva dirección y visítennos cuando estemos listos. Gracias.

El año (será) nuevo

Se está terminando un año que comenzó, igual que lo hará el próximo, con buenos propósitos y enormes expectativas. Ahora, todo indica que debemos renovar la esperanza una vez más. Esperanza de que veamos un mundo un poco más justo, que los que amamos logren sus metas y desafíos, y que lleguemos a fin de 2017 listos para ejercitar nuevamente la esperanza. Esa renovada búsqueda de un bienestar material y espiritual que siempre está más allá, que nunca se completa porque siempre se espera. Feliz año nuevo para todos.

Pertenencia

Al fin y al cabo, los seres humanos somos en mayor o menor medida parte de un noventa por ciento de la población a la cual le suceden (y le sucedieron) más o menos las mismas cosas. Existe una gran manada de personas que estadísticamente tienen las mismas experiencias, atraviesan las mismas épocas, son producto de similares circunstancias y sufren y disfrutan con sucesos parecidos. Eso nos transforma en una manada mas o menos homogénea, aunque siempre habría particularidades y singularidades, y en todo caso esto es cierto al menos para alguna franja de edad.

Esa pertenencia a una mayoría silenciosa, nos da algún derecho? Nos permite tener una voz? Ya la tenemos y no nos damos cuenta? La podremos ejercitar algún día? O seguiremos pensando eternamente que cada uno de nosotros es único y especial, el más original y más grande de todos los especímenes gestados in vitro en el Sistema Solar?

Epifanía

Que pasaría si un día todas las personas, los siete mil millones que vivimos en este planeta, nos diéramos cuenta, al unísono, que somos libres?

Como somos

Hay algo que llama la atención en la especie humana. Nos cuesta imaginarnos el amor, como se siente, como se percibe. Pero sabemos perfectamente como es el terror, a qué huele, nos podemos imaginar como lo sentimos. Es por eso que sabemos que necesitamos un gobierno. Siempre.

La literatura infinita

Al igual que Borges planeando una biblioteca infinita, tenemos a nuestra disposición una literatura infinita. ¿Como sería eso? Cada vez que leo un texto de Monterrosso o de Ford, se me ocurre pensar las palabras que no han usado. No es poesía, donde una palabra puede ser un mundo, sino prosa, donde las palabras individuales no tienen tanto peso. O sea que pienso en las frases que el tipo no escribió, la luz que no describió, el paisaje que no está en su cuento. Y es así que me encuentro con que tenemos una literatura finita en lo que escribimos, pero infinita en aquellas cosas que no escribimos. Todas las palabras están a nuestra disposición, todas las frases y todos los adjetivos, aún los más extraños o desconocidos. Pero elegimos, elegimos a cada minuto. Y en lo que elegimos también componemos, porque dejamos casi todo el infinito afuera, y nos quedamos con una pequeñísima parte.

 

Navidad

Parece ser que llegó la Navidad, aunque cada vez con menos pinta de fiesta. No está muy claro que festejamos, porque cada día son menos los que recuerdan al que nació en Belen de Judea. Y muchos, muchísimos menos todavía los que siguen sus enseñanzas, que son lo que quedó finalmente. Pero es un buen recurso para vender, para encontrarse con la familia que se junta siempre casi completa, y para reflexionar sobre el año que se va y el que viene.

Miramos el tiempo como si fuera un escenario. Somos los espectadores de la primera fila que comemos caramelos mientras cerca nuestro transcurre el drama. No vemos que la obra es improvisada y que el publico es el único que puede torcer el argumento, o sea nosotros. Lo que vemos no nos gusta, lo que pasó no nos gusta, pero no estamos dispuestos a hacer nada distinto de lo que hicimos este año. Por lo tanto, los resultados serán los mismos.

Debemos subir al escenario. Tomar un papel y escribir la obra, planear los parlamentos. Mientras tanto, un pincel y decoramos la escenografía. Finalmente bajamos del escenario y aplaudimos. Es nuestra obra. Aplaudimos a rabiar.

Un poco de ciencia

5eb3096e10de9f1b4c88bd150d9978261e4efe1a-thumbMezclada entre tantos intentos puestos en la literatura, tengo cierta atracción por las ciencias básicas. En particular me interesa la física y la matemática, pero siempre a nivel básico. Mi ídolo de toda la vida fue Albert Einstein, ya que con un simple lápiz y un papel, sin tener a mano un laboratorio ni un complejo y costosísimo acelerador de partículas, hizo avanzar la física doscientos años.

Impulsado por ese interés, fui hasta los libros originarios de la obra de Einstein, buscando replicar su razonamiento, encontrar sus claves y revisar sus afirmaciones con espíritu crítico. Mi intención era ponerme en sus zapatos y pensar como lo había hecho él, copiar sus razonamientos, intentar sentir lo que él sintió en cada descubrimiento. Lo que nunca pensé que iba a encontrar son errores, y errores graves.

Asustado y atónito, después de chequear decenas de veces mis propios razonamientos, supuse que alguien ya los habría sacado a la luz. Y busqué en la Biblioteca de Babel de internet. Efectivamente, Miles Mathis, de origen estadounidense, había llegado a la mismas conclusiones por otros caminos, más o menos un año antes que yo.

Entonces decidí publicar mis hallazgos, con mis razonamientos, en paralelo con el razonamiento de Einstein. De este modo se demuestra claramente donde están los errores. El libro se puede encontrar en ebook AQUI y en papel AQUI.

En líneas generales los errores no están en las conclusiones “físicas” de la Teoría de la Relatividad sino en su formulación matemática. Por supuesto, unas matemáticas mal hechas no permiten extender las conclusiones o descubrir otras implicancias de la teoría física. Por otra parte, sin matemáticas adecuadas no es posible profundizar en la realidad de la física, ya que los fenómenos necesitan una descripción para ser puestos de manifiesto, y esa se la da la matemática.

La curiosidad mató al gato?

Hace tiempo que miro al gato. Su aparente indiferencia parece surgir de su infinita soledad. También puede ser al revés, que la soledad en la que habita lo vuelva indiferente. Y me pregunto si algo así nos pasa a los humanos. Somos indiferentes por naturaleza al otro, y sobre todo al distinto, aún cuando tengamos con él una relación especial. Y somos totalmente solitarios, ensimismados, habitantes de un universo de uno.

Me pregunto que es primero, si la soledad o la indiferencia. Si acaso las dos cosas son la misma.

Resulta tremendamente angustiante la reacción que surge cuando a una persona cualquiera, aunque no tenga una relación especial contigo, le demuestras que le importas. Que te interesas por lo que hace, por lo que sueña, por lo que anhela o simplemente por sus planes inmediatos. Mi angustia se deriva del hecho de que he visto los rostros sorprendidos, las miradas poco menos que atónitas, el nerviosismo de no saber a qué atenerse. Pero inmediatamente se refugian de nuevo en su inmensa soledad y en su dura indiferencia, no sea cosa que la preocupación de este tipo por mí signifique que me encuentro frente a algún peligro.

Los gatos son animales. Curtidos por miles de años de hacer siempre las mismas cosas y sin conciencia de adónde les ha llevado hacer siempre lo mismo. Los humanos no. ¿No?

La edad de la vejez

El ómnibus se detuvo y subió un hombre anciano, de unos setenta años. (Hoy es difícil darle categoría de anciano a alguien, dado que la cifra que puse antes se corresponde con la edad del presidente de USA; sí, ese país está gobernado por un anciano). Pensé en todas las cosas que el anciano habría vivido, cualesquiera sean, que lo deberían haber transformado en sabio. Supo del amor y del desamor, de la pasión y de su abandono, seguramente vivió épocas de abundancia y otras de necesidad. Y me preguntaba, ¿Realmente ha aprendido algo? ¿Tendrá una pizca de mayor sabiduría que el joven de veinte que viaja a su lado? ¿Se sentirá satisfecho de haber obtenido la sabiduría necesaria para pasar los últimos años de su vida en verdadera paz interior?

Adivinaron la respuesta: no. ¿Cómo lo puedo saber? Porque lo vivo cada día, y cada día me sorprendo de la falta de respuestas que tengo y de las ingentes cantidades de experiencia que me falta vivir. Que me faltó. Que me faltaría. Que me faltará, inclusive.

Esto es así. Nunca termina. Nunca termina hasta que termina abruptamente. Es un camino siempre en ascenso, siembre cuesta arriba pasando por cumbres siempre más altas, hasta que, sin avisos ni carteles, un enorme abismo se abre y caemos casi sin darnos cuenta.

No existe la madurez, no existe la sabiduría. Son engaños para hacernos creer que la vejez y el paso del tiempo tienen algo atractivo.

Ejercicio de fitness literario

Hace un tiempo escribí una historia (relato) denominado El Descrubrimiento. Es un relato muy breve, microrelato, de apenas 389 palabras. Lo puedes leer haciendo click en este link. Luego decidí abreviarlo, y lo convertí en este relato que copio debajo.

El científico Mr. Clouds creyó descubrir cómo funcionaba el mundo. El experimento: en la habitación oscura, había abierto el frasco de la mariposa. Vio como volaba desorientada. Encendió la lámpara. Suicida, la mariposa voló hacia ella. Anotó: “Las criaturas que ven una luz sienten el impulso de fundirse con ella aun arriesgando su  vida. Todas, sometidas a esa tentación, debieran permanecer quietas.” Recogió la mariposa atontada. Una ráfaga de viento abrió la ventana. El animal voló hacia el océano. Compungido, escribió: “Esto no es válido si la luz es natural o si se ofrece a la criatura un horizonte infinito.”

Ahora tiene exactamente 100 palabras. Está mejor o está peor? Qué opinas? Dice lo mismo o dice menos o dice distinto o dice otras cosas? Es más o menos bello que antes?

La economía de las palabras me obsesiona desde que tenía quince años y alguien puso en mi mano un ejemplar de Una temporada en el infierno, de Rimbaud. En ese momento comprendí que, aunque uno fuera terriblemente críptico y la gente discutiera el significado de cada imagen o de cada frase, la economía de las palabras era importante. No tiene que ver con lo que se dice, sino con lo que se utiliza para decir, con los medios a disposición y con el uso y el abuso del tiempo del lector. Menos, generalmente, es más.

La pregunta que surge a continuación es dónde y en qué economizar. Y eso es lo que termina exactamente definiendo uno de los aspectos del estilo. Y con el estilo y otras cosas se define la voz, única e inconfundible, que aunque sea parecida a otras es siempre distinta. Por esto es que me puse a hacer ese ejercicio de fitness.