Navidad

Parece ser que llegó la Navidad, aunque cada vez con menos pinta de fiesta. No está muy claro que festejamos, porque cada día son menos los que recuerdan al que nació en Belen de Judea. Y muchos, muchísimos menos todavía los que siguen sus enseñanzas, que son lo que quedó finalmente. Pero es un buen recurso para vender, para encontrarse con la familia que se junta siempre casi completa, y para reflexionar sobre el año que se va y el que viene.

Miramos el tiempo como si fuera un escenario. Somos los espectadores de la primera fila que comemos caramelos mientras cerca nuestro transcurre el drama. No vemos que la obra es improvisada y que el publico es el único que puede torcer el argumento, o sea nosotros. Lo que vemos no nos gusta, lo que pasó no nos gusta, pero no estamos dispuestos a hacer nada distinto de lo que hicimos este año. Por lo tanto, los resultados serán los mismos.

Debemos subir al escenario. Tomar un papel y escribir la obra, planear los parlamentos. Mientras tanto, un pincel y decoramos la escenografía. Finalmente bajamos del escenario y aplaudimos. Es nuestra obra. Aplaudimos a rabiar.

¿Cuán poco es poco?

Alguna vez te ha pasado que, al doblar una esquina, te cruzas con alguien que te impacta. Puede ser por muchos motivos, pero indudablemente te llama la atención, te imprime algo nuevo tal vez imperceptible, te deja una marca fugaz que dura menos que un instante. Puede que la impresión sea tan fuerte que te des vuelta y hasta pienses en correr detrás, cosa bastante tonta si las hay. Sigues tu camino con la mente fría del caminante, pero no es posible que dejes de preguntarte: ¿Qué pasaría si…? Pero no. Vuelves a mirar el sendero y te olvidas de la marca que te dejó. Crees que lo olvidarás y todo será normal nuevamente, un camino recto que te aleja de esa impresión, esa sensación o esa emoción. Tu mente dice que así es la vida, que hay cosas pasajeras, que hay visiones y espejismos, que hay que luchar por lo duradero. Tu corazón dice que cuánto dura una esquina? Menos que nada, se contesta. Tu experiencia dice que la impresión te la causó un detalle, una mirada, un gesto o un perfume, apenas un insignificante detalle dentro de la gigantesca composición de avatares que es el otro, y que con tan poco no se construye un edificio, una estructura sólida y permanente. Todos ellos te gritan a coro que te olvides, que la única verdad es la realidad y que soñaste despierto durante media cuadra o menos. El coro de los asesores del fracaso te devuelve a pensar y razonar, a utilizar y calcular, a medir. Porque aquella impresión, ese milagro de la vida por el que tiembla en un instante el Universo, dicen que es poco.

 

 

Impedido para la poesía

A veces quisiera escribir poesía. Es presión, pasión y perfume. Presión sobre las palabras para elegirlas y, después, para comprimirlas. Pasión, porque es necesario afilar el puñal para arrancar un clima y un poco de sangre del papel. Y un perfume que pueda impregnar el sentido para que no se nos escape sin dejar rastros.

Nunca he podido atravesar tal milagro sin quedarme en medio del desierto, de noche y a oscuras. Cuando escribo, no puedo ser tan sutil como para extraer ese perfume de cada palabra, cada frase y, menos aun, cada idea. Porque la buena poesía está llena de ideas.

Un poco de ciencia

5eb3096e10de9f1b4c88bd150d9978261e4efe1a-thumbMezclada entre tantos intentos puestos en la literatura, tengo cierta atracción por las ciencias básicas. En particular me interesa la física y la matemática, pero siempre a nivel básico. Mi ídolo de toda la vida fue Albert Einstein, ya que con un simple lápiz y un papel, sin tener a mano un laboratorio ni un complejo y costosísimo acelerador de partículas, hizo avanzar la física doscientos años.

Impulsado por ese interés, fui hasta los libros originarios de la obra de Einstein, buscando replicar su razonamiento, encontrar sus claves y revisar sus afirmaciones con espíritu crítico. Mi intención era ponerme en sus zapatos y pensar como lo había hecho él, copiar sus razonamientos, intentar sentir lo que él sintió en cada descubrimiento. Lo que nunca pensé que iba a encontrar son errores, y errores graves.

Asustado y atónito, después de chequear decenas de veces mis propios razonamientos, supuse que alguien ya los habría sacado a la luz. Y busqué en la Biblioteca de Babel de internet. Efectivamente, Miles Mathis, de origen estadounidense, había llegado a la mismas conclusiones por otros caminos, más o menos un año antes que yo.

Entonces decidí publicar mis hallazgos, con mis razonamientos, en paralelo con el razonamiento de Einstein. De este modo se demuestra claramente donde están los errores. El libro se puede encontrar en ebook AQUI y en papel AQUI.

En líneas generales los errores no están en las conclusiones “físicas” de la Teoría de la Relatividad sino en su formulación matemática. Por supuesto, unas matemáticas mal hechas no permiten extender las conclusiones o descubrir otras implicancias de la teoría física. Por otra parte, sin matemáticas adecuadas no es posible profundizar en la realidad de la física, ya que los fenómenos necesitan una descripción para ser puestos de manifiesto, y esa se la da la matemática.

La curiosidad mató al gato?

Hace tiempo que miro al gato. Su aparente indiferencia parece surgir de su infinita soledad. También puede ser al revés, que la soledad en la que habita lo vuelva indiferente. Y me pregunto si algo así nos pasa a los humanos. Somos indiferentes por naturaleza al otro, y sobre todo al distinto, aún cuando tengamos con él una relación especial. Y somos totalmente solitarios, ensimismados, habitantes de un universo de uno.

Me pregunto que es primero, si la soledad o la indiferencia. Si acaso las dos cosas son la misma.

Resulta tremendamente angustiante la reacción que surge cuando a una persona cualquiera, aunque no tenga una relación especial contigo, le demuestras que le importas. Que te interesas por lo que hace, por lo que sueña, por lo que anhela o simplemente por sus planes inmediatos. Mi angustia se deriva del hecho de que he visto los rostros sorprendidos, las miradas poco menos que atónitas, el nerviosismo de no saber a qué atenerse. Pero inmediatamente se refugian de nuevo en su inmensa soledad y en su dura indiferencia, no sea cosa que la preocupación de este tipo por mí signifique que me encuentro frente a algún peligro.

Los gatos son animales. Curtidos por miles de años de hacer siempre las mismas cosas y sin conciencia de adónde les ha llevado hacer siempre lo mismo. Los humanos no. ¿No?

Poesía maestra

Una parte de mi es todo el mundo, otra parte es nadie, fondo sin fondo. Una parte de mi es la multitud; otra parte extrañeza y soledad. Una parte de mí pesa y pondera, otra parte delira. Una parte de mí almuerza y cena, otra parte se espanta. Una parte de mí es permanente; otra parte se sabe de repente. Una parte de mi es sólo vértigo, otra parte lenguaje. Traducir una parte en la otra parte, que es una cuestión de vida o muerte, ¿será arte?

El genio que escribió la poesía que copio arriba de esta línea acaba de morir en Brasil. Se llama Ferreira Gullar, y bastaría solamente que hubiera escrito lo que dicen esas cuatro líneas para que se transformara en un poeta mayúsculo. Fue conocido fuera de Brasil recién cuando Raimundo Fagner puso música a esa poesía. Sin palabras. Porque está todo dicho.

 

Las dos letras

Hace unos días, mientras releía El Marido Rural, de Cheever, me sorprendí a mi mismo pensando en el doble juego de la literatura. Por un lado, a todos nos gusta desde niños que nos cuenten cuentos. Lo usaban nuestras madres y abuelas para hacernos dormir. Viene de tiempos remotos, donde gustábamos de vivir aventuras en la imaginación, porque nada la podía suplantar como ahora. Por otro lado, existe una literatura de excelencia, de arte, de profunda sensibilidad, que acorta distancias y habla al corazón y a la mente en conjunto, no a la distracción de una historia bien contada. Es la literatura que busca otro modo de usar el idioma, investiga nuevos códigos, exprime el significado y el significante y se transforma en una obra de arte, creando un mundo que no existía antes. Es difícil ver la diferencia entre una forma y otra. La forma más clara de explicarlo sería usando el mismo arte: por más que te cuenten quien fue y qué hizo de notable La Gioconda, nunca podrás reemplazar las sensaciones que te pone estar frente al cuadro. Aunque sea una reproducción. Saber si fue la esposa de o la amiga de, no cambia en absoluto la sensación de la proximidad ni el placer de vivir en ese mundo, donde solo está ella.

La edad de la vejez

El ómnibus se detuvo y subió un hombre anciano, de unos setenta años. (Hoy es difícil darle categoría de anciano a alguien, dado que la cifra que puse antes se corresponde con la edad del presidente de USA; sí, ese país está gobernado por un anciano). Pensé en todas las cosas que el anciano habría vivido, cualesquiera sean, que lo deberían haber transformado en sabio. Supo del amor y del desamor, de la pasión y de su abandono, seguramente vivió épocas de abundancia y otras de necesidad. Y me preguntaba, ¿Realmente ha aprendido algo? ¿Tendrá una pizca de mayor sabiduría que el joven de veinte que viaja a su lado? ¿Se sentirá satisfecho de haber obtenido la sabiduría necesaria para pasar los últimos años de su vida en verdadera paz interior?

Adivinaron la respuesta: no. ¿Cómo lo puedo saber? Porque lo vivo cada día, y cada día me sorprendo de la falta de respuestas que tengo y de las ingentes cantidades de experiencia que me falta vivir. Que me faltó. Que me faltaría. Que me faltará, inclusive.

Esto es así. Nunca termina. Nunca termina hasta que termina abruptamente. Es un camino siempre en ascenso, siembre cuesta arriba pasando por cumbres siempre más altas, hasta que, sin avisos ni carteles, un enorme abismo se abre y caemos casi sin darnos cuenta.

No existe la madurez, no existe la sabiduría. Son engaños para hacernos creer que la vejez y el paso del tiempo tienen algo atractivo.

La calidad del lector

Podría ser una ingeniosa idea suponer que los buenos lectores son aquellos que transmutan un pobre texto en una experiencia memorable. Encallada en letras y metáforas manidas o inconducentes, la mente del lector debe ingeniárselas para dotar a esos textos de algún valor. De otro modo, debería aceptar que ha perdido el tiempo, y esta es una actividad prohibida por estos días. Mediante este ingenioso artilugio, la responsabilidad de la obra se traslada al lector y uno, incapaz de escribir algo perdurable, puede fracasar en paz.

Eso decía un escritor virado en un libro reciente que acabo de terminar de releer. Siguiendo la línea, no habría malos escritores sino solamente malos lectores. Imaginemos esta situación. No existen malos carpinteros, sino personas que no saben sentarse en las sillas que el señor fabrica. Como se sientan mal, la silla se desarma y el tipo se cae estúpidamente al piso.

Así son las mujeres

Ella creía que existían cosas que nunca diría a nadie. Ni a su mejor amiga, ni a su madre ni a su esposo. A nadie. Eran cosas que estaban tapiadas detrás de un muro suficientemente rígido y grueso que nunca saldrían a la más pequeña luz. Sorpresivos sentimientos íntimos, deslumbramientos supuestamente efímeros, sensaciones inconfesables, eran el material que una mujer debía contener dentro de sí, sin el más mínimo asomo de duda. Nada de todo eso debería mostrarse al mundo, so pena de aparecer como equívoca, indolente, o en el peor de los casos, liviana. Así, una mujer podía permanecer mucho tiempo, cuarenta o cincuenta años hasta que todo aquello se perdiera. Cuando estuviera en condiciones de confesarlo, ya no habría qué confesar, todo habría desaparecido erosionado por el viento del tiempo. Carcomido hasta desaparecer. Así somos las mujeres, diría, y al fin y al cabo a nadie le importaba, porque todos sabían que así eran las mujeres.

 

Ejercicio de fitness literario

Hace un tiempo escribí una historia (relato) denominado El Descrubrimiento. Es un relato muy breve, microrelato, de apenas 389 palabras. Lo puedes leer haciendo click en este link. Luego decidí abreviarlo, y lo convertí en este relato que copio debajo.

El científico Mr. Clouds creyó descubrir cómo funcionaba el mundo. El experimento: en la habitación oscura, había abierto el frasco de la mariposa. Vio como volaba desorientada. Encendió la lámpara. Suicida, la mariposa voló hacia ella. Anotó: “Las criaturas que ven una luz sienten el impulso de fundirse con ella aun arriesgando su  vida. Todas, sometidas a esa tentación, debieran permanecer quietas.” Recogió la mariposa atontada. Una ráfaga de viento abrió la ventana. El animal voló hacia el océano. Compungido, escribió: “Esto no es válido si la luz es natural o si se ofrece a la criatura un horizonte infinito.”

Ahora tiene exactamente 100 palabras. Está mejor o está peor? Qué opinas? Dice lo mismo o dice menos o dice distinto o dice otras cosas? Es más o menos bello que antes?

La economía de las palabras me obsesiona desde que tenía quince años y alguien puso en mi mano un ejemplar de Una temporada en el infierno, de Rimbaud. En ese momento comprendí que, aunque uno fuera terriblemente críptico y la gente discutiera el significado de cada imagen o de cada frase, la economía de las palabras era importante. No tiene que ver con lo que se dice, sino con lo que se utiliza para decir, con los medios a disposición y con el uso y el abuso del tiempo del lector. Menos, generalmente, es más.

La pregunta que surge a continuación es dónde y en qué economizar. Y eso es lo que termina exactamente definiendo uno de los aspectos del estilo. Y con el estilo y otras cosas se define la voz, única e inconfundible, que aunque sea parecida a otras es siempre distinta. Por esto es que me puse a hacer ese ejercicio de fitness.

Como si nada hubiera pasado

La rata estaba prolijamente acomodada sobre la cama matrimonial, del lado que ella solía ocupar muchos años atrás. Una bolsa de nylon impedía que la sangre manchara el cobertor. De la cabeza destrozada apenas se veía un ojo y un pedazo de oreja. Pensó en gritar el nombre de su esposa pero se contuvo, apagó la luz y salió. Unas gotas de sudor y de furia caían sobre su camisa.
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Valores

El valor de una cosa para uno depende de lo intenso del deseo que sentimos por ella. Si nuestras ganas de tener determinada cosa son muy grandes, y por tanto estamos dispuestos a pagar más o a sacrificar más por ella, entonces el precio es menor, comparativamente. Esta es la ley del deseo inversa. No la inventé yo. La inventó mi amigo Vicente.

¿Usted es mudo?

Traía un vestido suelto que la envolvía y disimulaba sus previsibles curvas. En la sala de espera yo era el único, sentado en la penumbra. Entró y se acomodó en un rincón lejos de mí. Por momentos caminaba hasta la ventana, miraba el paisaje urbano y volvía a la silla. Examiné lo más detenidamente que pude sus piernas. Eran robustas y tenían algo de niña. Su cintura, levantada por el vestido, parecía la cintura de un ángel rodeada por una cinta que caía en su espalda. Su piel era morena. Llevaba el cabello muy negro revuelto. No debía tener más de veinticinco años. Cuando me decidí a mirarla me encontré con unos ojos grandes, vivaces y muy oscuros. Su boca breve guiaba la mirada naturalmente por el cuello hasta unos pechos firmes y pequeños. Todo aquel escote era una maravilla. Preguntó
– ¿Sabe usted si el doctor está atendiendo?
Asentí con la cabeza. Tenía las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo y miraba hacia la puerta del consultorio.
– ¿Conoce usted al doctor?
Asentí nuevamente.
– ¿Es usted mudo? – preguntó, impaciente.
– No.
– El doctor es nuevo en el pueblo. – dijo.
Sonreí afirmativamente.
– Ojalá resuelva mi problema. – dijo fríamente- Nadie me ha podido ayudar.
– Él es muy bueno. Debes confiar en él.
– He pasado por muchos psicólogos, loqueros, psiquiatras, curanderos, hasta un mago una vez me prometió que me curaría. Pero no he hecho sino empeorar.
– ¿Qué tienes?
– Me estoy volviendo loca.
Hice un gesto con la mano de no entender. Ella me hablaba desde el otro lado de la sala de espera. Por momentos miraba el piso. Luego, sus ojos negros taladraban los míos como si quisiera fundirlos con su mirada.
– No puedo dejar de mentir. Miento todo el tiempo, a todos, y quiero decir la verdad pero no puedo. Finjo que soy amable y comprensiva, pero me impaciento cuando alguien viene a decirme sus problemas.
Pensé que hay mucha gente así. Ella continuó.
– Finjo amar a las personas, pero en realidad siento desprecio y rencor. Simulo ser tolerante, pero por dentro me hartan las personas. Y se los digo. ¡Ja! ¡Imagínese!
Sonreí. Me pareció que mi gesto era de comprensión.
– ¿De qué se ríe? – preguntó.
– Perdona. – atiné a decir.
Ella prosiguió,
– A mi novio le dije que mi jefe me había tocado la pierna. ¡Y el muy imbécil me abandonó! ¿Puede usted creer eso? ¿Se puede ser tan tonto?
– No es tu culpa.
– Le dije que me había gustado un poco, pero solo un poco. Mi jefe es elegante y caballero, bueno… ahora un poco menos… No quiero mentir. No debo mentir.
– ¿Cuánto hace que estás así?
– Desde el balazo. Ahí fue donde todo cambió. Vi la luz y todo eso, todo lo que dicen. Entraron ladrones y mi padre los enfrentó. Me dieron uno en el cuello. Aquí, mire. Cincuenta días en coma.
Mientras hablaba se puso de pie y caminó hacia mí señalando su cuello, esa obra de arte que yo no podía dejar de mirar. De cerca se veía una marca como un pedazo de soga de color rosado. Y más abajo, sus senos pequeños, onduladas colinas que me hacían maldecir no tener veinte años menos.
Siguió hablando.
– Quisiera mentir, y puedo hacerlo. A veces oculto cosas o digo cosas que no son verdaderas. Pero siempre pienso que estoy perdiendo algo si miento, alguna cosa que me podría suceder y que no va a pasar porque digo cosas que no son.
– Cambias el devenir natural de las cosas…
– ¡Claro, eso es! – exclamó- Usted lo ha dicho muy bien, usted es un genio, ya me parecía a mí…
Ahora sonreía feliz. Volvió a su silla repitiendo en voz baja “cambiar el devenir natural de las cosas… el devenir natural de las cosas…”
Sentada en el rincón miraba directo a mis ojos y sonreía. Comencé a pensar que quizás no estaba en sus cabales, pero no sabía cómo averiguarlo. Y me di cuenta que me importaba.
– Anoche mi mamá me preguntó si estaba bien, porque mi novio se había ido enojado, y yo le dije que sí. Y después le dije que no. Y después que sí.
– Muchas veces no sabemos…
– Ella se enojó. Y ahí me dijo que viniera al psicólogo. Y le prometí que lo haría. Y aquí estoy. ¿No ve?
– Veo.
– ¿Y ve también como me mira las tetas? Usted es medio abusador, me parece. A su edad debería ser menos infantil o menos degenerado. – dijo, enfática.
– Me gusta apreciar la belleza. Y tu escote es muy bello – dije intentando ejercitar mi paciencia.
– Eso me gusta. Que me elogien me gusta. Por cualquier cosa, no importa. Me hace sentir que le importo a alguien, aunque sea un desconocido.
Seguía sonriendo. Por fin alguien que parecía creerle o importarle.
– ¿Lo ves? La gente puede entenderte sin problemas. Debes disimular un poco, nada más.
– Usted no es la gente. Usted es un señor que recién conozco y que tengo miedo que me diga algo inapropiado. Hoy hay muchas personas así por ahí, que piensan solamente en sexo. Me estoy sintiendo indefensa con usted.
– Pero no he hecho más que decirte la verdad. Me gusta tu escote. Eso es todo. Quisiera besarlo, te juro por dios… ¡Es la verdad!
– Es lo que digo, usted es un degenerado.
– ¿Ves qué pasaría si dejaras de decir todo lo que pasa por tu cabeza? – me estaba enojando rápidamente.
Bajó la cabeza y puso sus manos debajo de sus muslos.
– ¿Sabes que pasaría? Nada. Simplemente la gente te tendría un poco más de cariño. ¿No crees?
Hizo una mueca con la boca como de disgusto y fijó la vista en la calle. La ventana daba a una plaza. Las personas paseaban perros y niños y tomaban sol en el césped.
– Si, usted tiene razón, a veces siento que nadie me quiere, que todos se confabulan en mi contra.
La miré directo a sus ojos.
– Es que a la gente no le gusta que le digas la verdad sobre cada cosa.
Estuvo unos minutos en silencio.
– Yo antes no era así. Bueno, creo que no, pero no lo recuerdo, no recuerdo mucho de antes del accidente. Pero ahora es más fuerte que yo. ¿Entiende?
Hice un gesto de comprensión.
– Nadie soporta toda la verdad todo el tiempo. – dije.
– Entonces debo mentir, ¿eso es lo que me dice? Debo disimular, falsear, esconder. Eso me dice mi madre: “Solo sonríe, solo debes sonreír”.
– Escucha bien. – hice una pausa – ¿Cómo sabes cuál es la verdad?  – dije.
– Por favor, no se enoje conmigo. Tengo un problema. – su tono era de una niña desvalida.
– Discúlpame.
– No, Usted perdóneme. ¿Tardará mucho el doctor?
– No creo. – dije.
Volvió a quedar en silencio. Yo la miraba con una sonrisa. Nos atraen los indefensos.
– Usted tiene la edad de mi padre, me parece. No debería mirarme así. Me hace pensar cómo sería tener sexo con un hombre mayor, no debiera ser malo, pienso, quizás encuentre algo que me guste.
– Basta con eso. – dije.
El sol se había ocultado. Me levanté y encendí la luz de la sala de espera.
– ¡Cómo tarda el doctor! – dijo levantando las manos – Creo que me iré de aquí. Aunque quizás sería mejor quedarme. Además, mi madre me dijo que no vuelva igual a cómo me fui.
– Es mejor que te quedes. – dije.
En ese momento ella sonrió ampliamente. No fue un gesto de amabilidad, sino de entrega, de total confianza, de brutal conmiseración hacia sí misma y hacia mí. Comprendí que la vida no es de fiar, ya que cambia a cada minuto.
Entonces me levanté, abrí la puerta del consultorio, entré y encendí la luz. La tarde ya se había hecho noche cerrada. Desde la puerta la veía más pequeña y más indefensa.
– Pasa. – dije.

 

Darwin poeta

Hoy almorcé con Osvaldo Mazal, autor de la novela Darwin Poeta, Premio Nacional de Novela del Fondo Nacional de las Artes 2015, que además de ser un autor genial es mi amigo. No cualquiera tiene un amigo que se destaca de tal manera. No cualquiera puede hablar de literatura con un escritor semejante. No cualquier par de amigos toman tanta cerveza. Pero la noticia pasaría desapercibida en el medio de los almuerzos y los amigos, si no fuera porque la novela es sencillamente genial.

Resulta abrumadora la lectura de semejante novela, al menos para alguien que admira a los que escriben bien y se toman la literatura como un desafío homérico. Pude decírselo como se dicen las cosas que se creen realmente, directamente y sin sentir que estaba haciendo un elogio. Es la realidad. Recomiendo fervorosamente que los que quieren leer literatura de alto vuelo se prendan a ese libro. No se van a arrepentir.

Actualización 20/11/2016: Para los interesados en comprar el libro, se puede conseguir en Tematika, de Yenny – El Ateneo en el siguiente link COMPRAR LIBRO.