Como si nada hubiera pasado

La rata estaba prolijamente acomodada sobre la cama matrimonial, del lado que ella solía ocupar muchos años atrás. Una bolsa de nylon impedía que la sangre manchara el cobertor. De la cabeza destrozada apenas se veía un ojo y un pedazo de oreja. Pensó en gritar el nombre de su esposa pero se contuvo, apagó la luz y salió. Unas gotas de sudor y de furia caían sobre su camisa.
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El descubrimiento

El distinguido científico Mr. Theodore Clouds creyó haber descubierto, esa noche de verano, cómo funcionaba la vida y la dicha o desgracia de los mortales. Al menos, así lo asentó en sus notas plagadas de puntos suspensivos y frases rimbombantes pero duramente ambiguas. Encerrado en su mansión con vista al enorme océano, inacabable, había logrado que los astros bendijeran sus experimentos y, presa de exaltación y entusiasmo, decidió que esa noche no dormiría. Debía dar a conocer su secreto al mundo, que esperaba ansioso la receta que lo salvara de todos los males.
Su último experimento, el definitivo, había sido exitoso. Y lo había repetido hasta el agotamiento, siempre con el mismo resultado. En la habitación oscura, con todas las ventanas clausuradas y donde no llegaba un rayo de la más mínima luz, había abierto el frasco de la mariposa. Esforzando la vista, vio como el animal volaba en círculos. Primero tímidamente, luego más animada y segura. En ese momento encendió la lámpara sobre la mesa. Como impulsada por un instinto suicida, la mariposa voló directo a la luz. El ruido del golpe pareció un estruendo en la noche silenciosa.
Mr. Clouds anotó prolijamente: “Las criaturas que ven un resplandor o una luz extraña, sienten el impulso de fundirse con ese objeto, aún a riesgo de su propia vida y salud. No importa que el brillo provenga de algo desconocido o de algo que conocieron y olvidaron. La fuerza es la misma. Por lo tanto, es recomendable que todas las criaturas que se vean sometidas a esa tentación, permanezcan en su lugar. Quietos y aferrados a un escenario conocido, nada malo les ocurrirá.”
Cerró su libreta, satisfecho. El amanecer estaba despuntando, tormentoso. Recogió la mariposa atontada aún por el golpe, la miró con detenimiento en su palma de anciano huesuda y arrugada. Tomó la tapa del frasco para guardar el animal, cuando una ráfaga del viento de la tormenta golpeó con fuerza y abrió una de las ventanas. Para sorpresa de Mr. Clouds el animal voló, directo y elegante rumbo a la luz del amanecer, para perderse en la infinitud de la costa del océano.
Recogió nuevamente su libreta y escribió: “Lo establecido antes no es válido cuando la luz es natural, en lugar de artificial, o cuando el mar océano le ofrece a la criatura un horizonte infinito.”

El taxi

Victor Ivanovich era taxista. Lo había sido durante los últimos treinta años hasta esa noche, en que murió al chocar de frente contra un camión detenido en la avenida Independencia. No tuvo tiempo de sentir miedo. Su pasajero, Walter NN, de quien obviaré el apellido porque tristemente vive, totalmente borracho, bajó como pudo. Estaba aturdido y ensangrentado, tambaleándose bajo la lluvia inclemente. Dio la vuelta hasta el asiento del conductor; Victor tenía el volante incrustado en la frente y un hilo de sangre en el oído izquierdo. La lluvia torrencial y los rayos habían apagado las luces de la calle. No se puede medir la infinita negrura de la noche en una Buenos Aires sin luz.
A los tumbos, con el pecho ardiendo por el golpe, aturdido, Walter caminó por la avenida bajo la lluvia. Unas calles más adelante se veía, como en una frontera brillante, que la avenida volvía a tener luz. La dependiente de un bar le preguntó qué le había pasado y qué iba a tomar.
– Un whisky.
Entró al baño y enjuagó la sangre de su camisa. La lluvia arreciaba. La veintena de hombres en el bar reían y apostaban al billar.
– Venía en un taxi. El conductor murió. – dijo.
La mujer rio con ganas y dijo en voz alta.
– Miren éste! Se mató el chofer que lo traía!
La respuesta fue una risa general y unos gritos, algunos silbidos, como si hubieran contado un chiste o hecho un gol en la televisión.
Salió a la calle, más aturdido. La lluvia era como un castigo de millones de pequeños latigazos que hacían arder las heridas de su cuello. Al subir a su departamento, entró sin encender las luces. Adriana preguntó, dormida,
– ¿Llueve?
– Sí, mucho.
Se desvistió en el baño y se metió en la cama. Ella dijo,
– Pablo aprobó matemáticas. El plomero no vino, así que la ducha no funciona. Mamá viene el sábado.
Walter sollozaba en silencio. Un hilo de sangre corría por la almohada.

La mujer venía en el tren…

La mujer venía en el tren leyendo un libro. Su postura era simple, las piernas elegantes y el vestido sobrio. Intenté ver la tapa, pero su mano lo impedía. Parecía algo que tenía que ver con el amor, o con el dolor, con el terror o con el sopor, no podía ver más que eso. Ella estaba concentrada, con los ojos replegados sobre sí mismos, como hacemos cuando disfrutamos algo internamente con fruición. Sus manos acariciaban el lomo del libro y el canto de las páginas, quizás en otros tactos y otras caricias. A veces cerraba el libro por un instante y miraba por la ventana, hacia otro tiempo y otro lugar. Por su mirada, creí entender que el tren no la llevaba en esa dirección.
Las letras penetraban sus pupilas celestes como las cartas que entran en los buzones. De una en una, a ritmo veloz iban cayendo y apilándose sin pausa. Luego de llenar el recipiente de la memoria, esas agrupaciones de símbolos caprichosos iban entrando en su mente. No eran el designio de un dios, ni el verbo iluminado de un mensajero de la divinidad. Eran apenas símbolos ordenados por otros hombres que a su vez los habían heredado de otros hombres y mujeres antes que ellos. Eran símbolos como fogatas de monos, como nacidos del trueno y del rayo.
A la altura del parietal derecho, cual fina arena, se depositaban mientras su cerebro las devoraba. Los símbolos se trababan entre sí, se enganchaban. Unos impulsos sutiles trataban de ordenarlos, bajaban por detrás de su cuello hasta la espalda, y ahí se dividían en un río que caminaba por su cintura hasta las piernas. La mujer las cruzaba hacia el otro lado, las encogía, pero el cosquilleo no cesaba. Su cerebro tomaba nota de ello y ordenaba encender el pubis. Ella solamente sentía que la transportaban a otro lugar, a otro tren, con otro vecino que no era yo, sino el realmente deseado.
Al mismo tiempo, alguna parte de esos símbolos negros en la hoja blanca eran enviados a la columna vertebral, donde se incrustaban en unas células que estaban a la espera de cierto momento y señal. El cerebro daba la orden y esas pequeñas células se recombinaban con sus vecinas, y ambas devoraban los palitos de la “te”, las virolitas de la “eñe” y la graciosa cola de la “a” como si fueran bestias hambrientas, peleándose por la presa. Mordiscones y tironeos daban cuenta de las mayúsculas. Los puntos eran engullidos rápidamente, sin piedad.
Reforzadas por el atracón, esas células cambiaban de color y segregaban un líquido más oscuro que de costumbre. Los pechos de la mujer se erguían, el pubis se retraía, las caderas se ampliaban y eso generaba un impulso adicional que hacía que las células de la columna se oscurecieran aún más y fueran transpirando ese líquido a todo el cuerpo. Todas las células de su cuerpo ya habían registrado el cambio para cuando el tren se detuvo en el andén. No quedaban ya palabras que digerir.
Al descender, ella ya estaba lista.