¿Usted es mudo?

Traía un vestido suelto que la envolvía y disimulaba sus previsibles curvas. En la sala de espera yo era el único, sentado en la penumbra. Entró y se acomodó en un rincón lejos de mí. Por momentos caminaba hasta la ventana, miraba el paisaje urbano y volvía a la silla. Examiné lo más detenidamente que pude sus piernas. Eran robustas y tenían algo de niña. Su cintura, levantada por el vestido, parecía la cintura de un ángel rodeada por una cinta que caía en su espalda. Su piel era morena. Llevaba el cabello muy negro revuelto. No debía tener más de veinticinco años. Cuando me decidí a mirarla me encontré con unos ojos grandes, vivaces y muy oscuros. Su boca breve guiaba la mirada naturalmente por el cuello hasta unos pechos firmes y pequeños. Todo aquel escote era una maravilla. Preguntó
– ¿Sabe usted si el doctor está atendiendo?
Asentí con la cabeza. Tenía las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo y miraba hacia la puerta del consultorio.
– ¿Conoce usted al doctor?
Asentí nuevamente.
– ¿Es usted mudo? – preguntó, impaciente.
– No.
– El doctor es nuevo en el pueblo. – dijo.
Sonreí afirmativamente.
– Ojalá resuelva mi problema. – dijo fríamente- Nadie me ha podido ayudar.
– Él es muy bueno. Debes confiar en él.
– He pasado por muchos psicólogos, loqueros, psiquiatras, curanderos, hasta un mago una vez me prometió que me curaría. Pero no he hecho sino empeorar.
– ¿Qué tienes?
– Me estoy volviendo loca.
Hice un gesto con la mano de no entender. Ella me hablaba desde el otro lado de la sala de espera. Por momentos miraba el piso. Luego, sus ojos negros taladraban los míos como si quisiera fundirlos con su mirada.
– No puedo dejar de mentir. Miento todo el tiempo, a todos, y quiero decir la verdad pero no puedo. Finjo que soy amable y comprensiva, pero me impaciento cuando alguien viene a decirme sus problemas.
Pensé que hay mucha gente así. Ella continuó.
– Finjo amar a las personas, pero en realidad siento desprecio y rencor. Simulo ser tolerante, pero por dentro me hartan las personas. Y se los digo. ¡Ja! ¡Imagínese!
Sonreí. Me pareció que mi gesto era de comprensión.
– ¿De qué se ríe? – preguntó.
– Perdona. – atiné a decir.
Ella prosiguió,
– A mi novio le dije que mi jefe me había tocado la pierna. ¡Y el muy imbécil me abandonó! ¿Puede usted creer eso? ¿Se puede ser tan tonto?
– No es tu culpa.
– Le dije que me había gustado un poco, pero solo un poco. Mi jefe es elegante y caballero, bueno… ahora un poco menos… No quiero mentir. No debo mentir.
– ¿Cuánto hace que estás así?
– Desde el balazo. Ahí fue donde todo cambió. Vi la luz y todo eso, todo lo que dicen. Entraron ladrones y mi padre los enfrentó. Me dieron uno en el cuello. Aquí, mire. Cincuenta días en coma.
Mientras hablaba se puso de pie y caminó hacia mí señalando su cuello, esa obra de arte que yo no podía dejar de mirar. De cerca se veía una marca como un pedazo de soga de color rosado. Y más abajo, sus senos pequeños, onduladas colinas que me hacían maldecir no tener veinte años menos.
Siguió hablando.
– Quisiera mentir, y puedo hacerlo. A veces oculto cosas o digo cosas que no son verdaderas. Pero siempre pienso que estoy perdiendo algo si miento, alguna cosa que me podría suceder y que no va a pasar porque digo cosas que no son.
– Cambias el devenir natural de las cosas…
– ¡Claro, eso es! – exclamó- Usted lo ha dicho muy bien, usted es un genio, ya me parecía a mí…
Ahora sonreía feliz. Volvió a su silla repitiendo en voz baja “cambiar el devenir natural de las cosas… el devenir natural de las cosas…”
Sentada en el rincón miraba directo a mis ojos y sonreía. Comencé a pensar que quizás no estaba en sus cabales, pero no sabía cómo averiguarlo. Y me di cuenta que me importaba.
– Anoche mi mamá me preguntó si estaba bien, porque mi novio se había ido enojado, y yo le dije que sí. Y después le dije que no. Y después que sí.
– Muchas veces no sabemos…
– Ella se enojó. Y ahí me dijo que viniera al psicólogo. Y le prometí que lo haría. Y aquí estoy. ¿No ve?
– Veo.
– ¿Y ve también como me mira las tetas? Usted es medio abusador, me parece. A su edad debería ser menos infantil o menos degenerado. – dijo, enfática.
– Me gusta apreciar la belleza. Y tu escote es muy bello – dije intentando ejercitar mi paciencia.
– Eso me gusta. Que me elogien me gusta. Por cualquier cosa, no importa. Me hace sentir que le importo a alguien, aunque sea un desconocido.
Seguía sonriendo. Por fin alguien que parecía creerle o importarle.
– ¿Lo ves? La gente puede entenderte sin problemas. Debes disimular un poco, nada más.
– Usted no es la gente. Usted es un señor que recién conozco y que tengo miedo que me diga algo inapropiado. Hoy hay muchas personas así por ahí, que piensan solamente en sexo. Me estoy sintiendo indefensa con usted.
– Pero no he hecho más que decirte la verdad. Me gusta tu escote. Eso es todo. Quisiera besarlo, te juro por dios… ¡Es la verdad!
– Es lo que digo, usted es un degenerado.
– ¿Ves qué pasaría si dejaras de decir todo lo que pasa por tu cabeza? – me estaba enojando rápidamente.
Bajó la cabeza y puso sus manos debajo de sus muslos.
– ¿Sabes que pasaría? Nada. Simplemente la gente te tendría un poco más de cariño. ¿No crees?
Hizo una mueca con la boca como de disgusto y fijó la vista en la calle. La ventana daba a una plaza. Las personas paseaban perros y niños y tomaban sol en el césped.
– Si, usted tiene razón, a veces siento que nadie me quiere, que todos se confabulan en mi contra.
La miré directo a sus ojos.
– Es que a la gente no le gusta que le digas la verdad sobre cada cosa.
Estuvo unos minutos en silencio.
– Yo antes no era así. Bueno, creo que no, pero no lo recuerdo, no recuerdo mucho de antes del accidente. Pero ahora es más fuerte que yo. ¿Entiende?
Hice un gesto de comprensión.
– Nadie soporta toda la verdad todo el tiempo. – dije.
– Entonces debo mentir, ¿eso es lo que me dice? Debo disimular, falsear, esconder. Eso me dice mi madre: “Solo sonríe, solo debes sonreír”.
– Escucha bien. – hice una pausa – ¿Cómo sabes cuál es la verdad?  – dije.
– Por favor, no se enoje conmigo. Tengo un problema. – su tono era de una niña desvalida.
– Discúlpame.
– No, Usted perdóneme. ¿Tardará mucho el doctor?
– No creo. – dije.
Volvió a quedar en silencio. Yo la miraba con una sonrisa. Nos atraen los indefensos.
– Usted tiene la edad de mi padre, me parece. No debería mirarme así. Me hace pensar cómo sería tener sexo con un hombre mayor, no debiera ser malo, pienso, quizás encuentre algo que me guste.
– Basta con eso. – dije.
El sol se había ocultado. Me levanté y encendí la luz de la sala de espera.
– ¡Cómo tarda el doctor! – dijo levantando las manos – Creo que me iré de aquí. Aunque quizás sería mejor quedarme. Además, mi madre me dijo que no vuelva igual a cómo me fui.
– Es mejor que te quedes. – dije.
En ese momento ella sonrió ampliamente. No fue un gesto de amabilidad, sino de entrega, de total confianza, de brutal conmiseración hacia sí misma y hacia mí. Comprendí que la vida no es de fiar, ya que cambia a cada minuto.
Entonces me levanté, abrí la puerta del consultorio, entré y encendí la luz. La tarde ya se había hecho noche cerrada. Desde la puerta la veía más pequeña y más indefensa.
– Pasa. – dije.

 

El señor del agua

El forastero tomaba su sopa al fondo del angosto y largo salón. Sus modales eran diferentes a los de los lugareños, que tenían los hombros hundidos y la cabeza dentro del plato. El lugar olía a comida rancia, como todos los de ese pueblo perdido en las montañas.
Había llegado de madrugada, envuelto en el frío. Se acomodó como pudo en un portal frente a la plaza y se dispuso a esperar. Ahora toma su sopa con parsimonia, como si esperara algo que debía ocurrir. Unos parroquianos conversan en voz baja.
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Uno, el mismo

I

En invierno, a la ciudad le faltan personas. Todos recogemos nuestras pertenencias, nuestras ilusiones y miedos, y los cobijamos al lado de la estufa. Siempre creí que, si toda la gente saliera a la calle en invierno, la ciudad sería menos fría y, con seguridad, menos distante. Ahora, luego de los sucesos que narro, pienso que estuve equivocado. Lo único que lograríamos sería traer del pasado la niebla de lo que se fue, el horror del pasado.
De repente lo vi. Caminaba delante de mí, las manos en los bolsillos, encorvado, como pidiendo disculpas por estar en la acera. En un primer momento dudé si era él. Llevaba una de sus camisas claras y unos pantalones con la botamanga demasiado corta, como siempre. No parecía sentir el frío agudo de la tarde ni el viento que mordía las carnes. Lucía más delgado de lo que yo recordaba. Caminaba lento. Cuando me repuse de la sorpresa pensé qué le diría. Le golpearía suavemente la espalda. Él giraría asombrado, con ese rostro afable de siempre. Me sonreiría y me diría
– ¡Hola! ¿Cómo estás, querido?
Intenté recordar cómo le gustaba llamarme, pero no pude. Unos pasos más adelante la acera se angosta por unos árboles y la sombra, fresca en verano, ahora era una tortura fría. Aceleré el paso, pero cuando él llegó a la sombra de la acera, desapareció. Así, sin más, se desvaneció entre la sombra y el árbol. Una brisa helada levantó la hojarasca como un telón. Confundido, me detuve, miré hacia atrás, no estaba. Aturdido, continué mi camino sin recordar claramente dónde iba.
El suceso me perturbó durante un tiempo. Muchas noches, en mi casa de la calle México, reviví ese frustrado encuentro y aquel final absurdo. Cada vez concluía culpando a mi imaginación. A fuerza de soledad, y de la necesidad de inventarme nuevos y oscuros propósitos, fui olvidando el suceso.

II

Unos meses después conocí a Amy, una muchacha con quien compartíamos lecturas del Tao en una biblioteca de Pompeya. Tenía a su disposición una singular inteligencia, pero prefería recurrir a su sensibilidad para manejar los asuntos diarios, lo cual a veces la volvía torpe. Solíamos entretenernos en largas discusiones sobre el significado del poema. Eran discusiones donde no había un final y acabábamos en silencio, como si fuera imposible concluir nada más que un perfume o una sensación. Coincidíamos en que la mejor traducción era la del jesuita Elorduy de 1937, aunque su copia tenía algunas palabras diferentes a la mía, inclusive algunas comas decisivas. Amy sostenía que un poema que describiera acertadamente el alma humana debía necesariamente ser ambiguo, inescrutable y contradictorio, pero por sobre todas las cosas debía ser cambiante. Se refería a cambiante como el clima, tal era su desconcertante idea.
Mientras volvíamos envueltos en frío por las calles del sur, le comenté la anécdota de la figura evanescente. En la calle Fournier escenifiqué el suceso aprovechando la sombra de una palmera que atajaba la luz del alumbrado. Amy dijo, como quien dictamina una verdad,
– No es imposible que lo hayas visto.
– Está muerto hace veinte años, Amy. – dije con pesadumbre.
– ¿Y eso qué? Es tu padre. Lo llevas en la sangre. Mires donde mires verás las cosas con sus ojos. Simplemente, te estás mirando al espejo. En la calle, claro.
Esa idea me espantó. No renegaba de él ni de su amor, pero la idea de que las personas me vieran como una versión más nueva de mi padre me resultaba repugnante en sí misma. ¿Acaso no me lo habían dicho varias veces en el último tiempo, como si volvernos viejos nos acercara a ser una única persona? Tuve inmediatamente la sensación de que no me repondría nunca de esa sensación obscena y tortuosa. ¿Acaso la naturaleza no sabía renovarse lo suficiente en la siguiente generación? ¿Era aceptable vivir una y otra vez la misma vida?

III

Me convencí de la necesidad de quitar mi vida de aquella pesadilla. No me sentía tan estúpido al intentar eso como me siento ahora al contarlo. Una tarde, luego de la lectura, tomábamos un café en un bar aciago de la avenida Centenera. Amy revisaba las copias de Elorduy buscando diferencias. Era sábado y esa zona de la ciudad estaba desierta, como si hubieran sacado cualquier rastro de vida de esas casas bajas y de esos depósitos monstruosos. El único habitante parecía ser el viento. De repente su figura emergió entre el gris de la calle y los coches estacionados. Traía un antiguo saco de lana con las solapas cerradas.
– ¡Allí! ¡Allí! ¿Lo ves? – grité apresuradamente.
Amy se volvió y pegó su frente al vidrio de la ventana.
– Sí. – dijo ella. – Es igual a la foto que está en tu mesa.
El viejo llevaba las manos en los bolsillos, como era su costumbre. Parecía tener prisa. Vimos como recorría la cuadra por la vereda de enfrente. La cabeza cana parecía un copo de algodón en medio de tanto gris. Un instante le tomó llegar desde la esquina hasta la mitad de la cuadra. Sostuvimos la respiración durante ese minuto incierto. El tiempo era una sustancia viscosa que nos iba cubriendo desde arriba a abajo. Al llegar al tronco de un ciprés deshojado, no lo vimos salir al otro lado. Lo había vuelto a hacer. Ella miró mis ojos y mordió su labio inferior.
– Amy, por dios, ¿Alguna vez viste desaparecer a una persona? ¿Acaso esto te parece normal, querida?
Ella estaba segura de saber, y de que yo no entendía nada. Su rostro ovalado se recortaba contra la luz de la calle.
– Todos nuestros antepasados son uno y nosotros somos uno, el mismo.
– Eso es enfermo. – dije sin pensar.
– Eso es herencia. Y ahora, por fin, ya eres viejo también. De eso se trata. – Se paró lentamente, sin mirarme, como si su tarea estuviese cumplida. Tomó el abrigo y los guantes y se los puso. Caminó despacio hasta la puerta. La noche la escondió con sus infinitos brazos y me la arrebató para siempre.

(c) 2016  JLG.

 

Dinamarca 2020

La sala estaba atestada. Aquella voz tenía un tono alto, el de un profeta. Las ventanas estaban muy arriba, casi a la altura del techo. Un cono de sol volvía más negra la muchedumbre. Mientras hablaba, Jorg Lilleholt se balanceaba; sus ciento cuarenta kilos hacían crujir los tablones. Era un hombre alto, de aspecto saludable, de pelo corto y rubio, y el rostro color zanahoria denotaba una envidiable vitalidad a pesar de sus setenta años. Desde la quinta fila, creí ver una gota de sudor cayendo en medio del polvo hacia sus zapatos gastados.
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