Lo que queda del dia

Hace unos cuantos días, quizás unos tres meses, mi secretaria entró en mi oficina con una camisa floreada. Tenía unas tiras delgadas y un terrible escote que sugería mucho y mostraba más de lo que sugería. Sus pechos sugerentes y de buen tamaño, se volvían el centro de las miradas. Era hermoso verla, un espectáculo imposible de desapercibir. Todos los que la vieron recordarán ese día. Y yo lo recuerdo. Cuando entró, no recuerdo de que hablamos. No se si era un día normal o había ocurrido algo extraordinario. Probablemente pasó alguna cosa importante en algún otro ámbito, quizás en el trabajo o en mi familia, pero no puedo recordar si era el mismo día o no. No se si era martes, miércoles, o jueves. Seguramente no era lunes, porque ella llega más tarde, ni viernes porque cada viernes tenemos una reunión interna donde nos encontramos temprano. Pero no puedo recordar si era martes, miércoles o jueves.

Tengo otros recuerdos, muchos pequeños, aparentemente insignificantes. No puedo saber si son del mismo día de mi secretaria y sus pechos, son recuerdos sueltos, no están atados a ninguna clave que me permita saber como se generaron. Recuerdo un rostro en la calle, un señor con serios problemas seguramente por su gesto tan adusto. Recuerdo una tarde de lluvia, hace unos días, donde nadábamos en la calle. Me viene a la mente el olor de la tarta de arándanos, de no se qué día, pero no hace mucho. Y hay otras muchas miles, quizás millones de cosas, que no recuerdo y, probablemente, no recordaré nunca. Y entonces me pregunto: ¿Qué es lo que quedará de este día?

De todos los afanes de este día, de su rutina y sus excentricidades, de las cosas inesperadas y de aquellas tristes sorpresas o esas sonrisas urgentes que son como un bálsamo en medio de la noche, ¿Qué es lo que quedará? Es posible que ¿nada?

Y debo admitir que sí, que es posible. Este día quizás se pierda entre el montón de días que pasaron sin pena ni gloria, sin dejar ningún rastro que valga la pena recordar, como esas caras en el tren que son una y miles iguales y ninguna nos dice nada. Ahora es el momento cuando una pequeña desesperanza se apodera de este cuaderno. Son tan pocos los días que nos faltan, cuantos fueran, que perderlos irremisiblemente sin poder nunca retomarlos se parece a dejar ir un anillo en una fuente confiados en que nos traerá suerte. Siempre el día de mañana será mejor, creemos. Y llegado mañana lo perderemos como perdimos hoy, sin un recuerdo fulgurante que justifique el día.

Y esto es lo que queda del día: su paso a la nada, su vago perfume inexistente.

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Estalla la mañana

Estalla la mañana, el dia, esa parte de la vigilia que entra por los ojos y se instala dentro de uno. Nada puede impedirlo. Esa lámpara, su forma y su color, acaso sean un código secreto. Los fuegos del dia y la noche desierta, según Rimbaud, impedían que el alma cumpla su promesa. Esos dos vacíos, cada uno a su manera, nos ciegan y no podemos saber qué hacer, qué conviene hacer. Nos dejamos llevar por los fuegos del día; mecánicamente comemos, bebemos, nos regocijamos o nos preocupamos, todo con la misma lógica de que el día, la vigilia, haga de nosotros lo que quiera. Confiamos en llegar a la noche porque siempre ha sido así. Desde que nacimos que siempre llegamos a la noche. Pero la noche es lejana aún. Atravesar este dia es la promesa y el mandato, ambos ritos de un solo cuerpo a ser ejecutados en una larga secuencia no infinita.

Confiemos en el día. Él nos depositará en la noche. Desconfiemos de la noche,  que nos oculta el día de hoy con la promesa de que mañana estallará otra vez la mañana.