Dinamarca 2020

La sala estaba atestada. Aquella voz tenía un tono alto, el de un profeta. Las ventanas estaban muy arriba, casi a la altura del techo. Un cono de sol volvía más negra la muchedumbre. Mientras hablaba, Jorg Lilleholt se balanceaba; sus ciento cuarenta kilos hacían crujir los tablones. Era un hombre alto, de aspecto saludable, de pelo corto y rubio, y el rostro color zanahoria denotaba una envidiable vitalidad a pesar de sus setenta años. Desde la quinta fila, creí ver una gota de sudor cayendo en medio del polvo hacia sus zapatos gastados.
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