Ficciones que atrapan

Cuando escribo ficción me evado, y todas las cosas que tengo frente a mi pasan a un segundo plano. Como si la realidad se diluyera detrás de un vidrio esmerilado, dejo de ver y de oír con precisión y de entender. La historia en proceso ocupa todo el mundo y no existe ningún pensamiento posible que no sea tratar de dilucidar, de entender, de crear, la realidad de la ficción. Mi esposa se horroriza porque dejo el rostro y el cuerpo y lo demás se va muy lejos, tan lejos como importante sea la historia. A veces necesita levantar el tono de voz para que vuelva. Entonces yo sonrío.

No se trata solo de entender lo que está pasando en ese otro mundo. A veces es necesario dar claves, pistas, para que la realidad pueda ser apreciada. Porque uno no aprehende, sino que ve lo que pasa en el otro mundo. Como si fuéramos dios, vemos de un golpe lo que está pasando. Sabemos sin conocer. Tenemos todo claro. Entendemos la historia de un golpe.

Sin embargo, suele ocurrir que en un punto la historia se clava, se atasca, no fluye más. En ese momento es necesario dar claves, clues, que permitan a la historia desenredarse y avanzar. Y lo hacemos con plena consciencia de lo que estamos haciendo. Por eso somos dios, porque no es casualidad. Buscamos y buscamos una punta del ovillo y lo desenredamos. Algunos caminos no conducen a nada, entonces retrocedemos un poco, exploramos otra vía. Finalmente la madeja es solo un hilo que conduce de una punta a la otra.

Esa ficción, ese mundo paralelo y ficticio, me atrapa y me genera sentimientos opuestos. A la felicidad de llegar al final y ver la historia desenrollada se contrapone la angustia del tiempo perdido. Tengo plena consciencia que, mientras en el otro mundo mi personaje veía las almas de los difuntos o lograba hacer llover, en este mundo yo perdía la oportunidad de ver el atardecer en el cielo, o el amanecer en el río, o la sonrisa de mi hija entre las flores del patio. El mundo real seguía moviéndose mientras yo, inútil, continuaba perdiendo el tiempo. Y, a veces, haciéndoselo perder a otros con un egocentrismo ejemplar.

Pero a pesar de todas esas penas y claroscuros, sigue siendo maravilloso esto de escribir ficciones.

¿Y ahora qué hacemos?

A veces, temporadas, épocas, semanas o simplemente minutos, horas, llega la sequía. La ausencia de palabras que sirvan para mitigar la sensación de que no hay nada más que hacer, que ya hemos hecho todo lo poco que podíamos. Ese vacío que no es triste ni pesado ni siquiera depresivo, porque está vacío. Es nada.
Cuando eso ocurre vuelvo a Rimbaud, a Verdú, que ahora anda pintando por la poesía, o en los últimos días a las fotos de Luz, que a veces cesan.
Si en unos minutos no se levanta el vacío y logro ver el sol, habré caído a un pozo más profundo. Entonces voy a comprar el pan, a caminar por el sol o me lanzo a buscar amigos que no existen.
Escribir es un esfuerzo titánico para no reconocer lo evidente: no tenemos mucho sentido.

Wilde y el mensaje

Oscar Wilde dijo: Para escribir solo se necesitan dos cosas, tener algo que decir, y decirlo.

Las dos reglas de Wilde, tener algo que decir y decirlo, son evidentemente una entelequia. He usado una palabra antigua, muy antigua, para significar que la frase de Wilde es algo que no es real. Es fácil decir algo. Es sencillo, hasta cierto punto, puesto que uno no necesita preocuparse por la verosimilitud, por la veracidad o por la conveniencia y utilidad de decirlo. Lo que es sumamente difícil es tener algo que decir. Cuando escribo, generalmente no me preocupo por eso. Si hubiera que hacer un examen de lo que tenemos por decir antes de decirlo, probablemente la enorme mayoría de la gente dedicada a la literatura enmudecería. Wilde se está olvidando el costado lúdico, el lado del juego y del divertimento. Justamente él, que ha sido tremendamente ocurrente y provocador. Cuando yo escribo, no se los otros, hay un lado que remite a una niñez y un juego de castillo de arena, o de mecano, que nos servía para fabricar maquinarias que nunca funcionarían.

Por otro lado, el costado de tener algo que decir suena decididamente pretencioso, como si fuéramos visitados por el oráculo y, allá debajo o detrás de las pantallas, un montón de fieles estuvieran esperando escuchar o leer nuestra buena nueva. Lamento desilusionarnos, no hay mensaje, no hay nada que decir, nadie está esperando por nosotros ni conmoveremos a nadie en ningún sitio. Tener algo que decir significa, justamente, querer decir algo, cualquier cosa, por más tonta que nos parezca. Y si lo hacemos divertido y nos divertimos, mejor. Aunque sea trágico, lo mismo da.