Ricardo Piglia (1941-2017)

Ha muerto uno de los escritores argentinos contemporáneos más interesantes y lúcidos. A mí me gustaba más como crítico criticando a Borges y elogiándolo como lo que era, que escribiendo. Pero reconozco que su calidad era suprema. Son esos tipos difíciles de reemplazar que surgen cada tanto e iluminan el camino con su inteligencia, su amplísima cultura y su visión a prueba de tontos. QEPD.

La calidad del lector

Podría ser una ingeniosa idea suponer que los buenos lectores son aquellos que transmutan un pobre texto en una experiencia memorable. Encallada en letras y metáforas manidas o inconducentes, la mente del lector debe ingeniárselas para dotar a esos textos de algún valor. De otro modo, debería aceptar que ha perdido el tiempo, y esta es una actividad prohibida por estos días. Mediante este ingenioso artilugio, la responsabilidad de la obra se traslada al lector y uno, incapaz de escribir algo perdurable, puede fracasar en paz.

Eso decía un escritor virado en un libro reciente que acabo de terminar de releer. Siguiendo la línea, no habría malos escritores sino solamente malos lectores. Imaginemos esta situación. No existen malos carpinteros, sino personas que no saben sentarse en las sillas que el señor fabrica. Como se sientan mal, la silla se desarma y el tipo se cae estúpidamente al piso.

Una otra mirada

Hace pocos meses, el lúcido Vicente Verdú escribió lo siguiente: Los que lucen son irrelevantes. No nos representan. Los que padecen o sobreviven en la tristura de la luz, componen la más amplia y multitudinaria asamblea de nuestra condición humana. No hace falta forzarse a cambiar la admiración por la piedad, ni la devoción hacia los grandes por la compasión hacia los muchos. Bastaría con echar una nueva y lúcida ojeada alrededor y sopesar las cargas diarias de la vida.

Obviamente, el ocasionalmente ácido Vicente no da ninguna pista sobre cual es o cómo es la lúcida ojeada que pretende, y que uno no puede vislumbrar sin repasar sus ochenta o noventa escritos anuales durante una década al menos. No pondremos empeño a semejante tarea, y menos sin garantías de llegar a buen puerto o, al menos, a un horizonte claro.

Pero es evidente que Vicente tiene razón. Aunque producto seguramente de su encierro peninsular, que no ve ningún futuro posible ni dentro de Europa ni menos fuera de ella, su tercera vía (una lúcida ojeada) aparece como el único recurso que nos queda para proponer una intermediación con la realidad. Ni adorar a los que lucen (ellos son los lúcidos?) ni compadecerse (es el verbo de compasión?) de los que sufren.

Quizás haya que hacer como Europa: Cambiarles la ilusión y la pasión por un plato de garbanzos y un coche elegante. El coche será el mismo para todos, a algunos los llevará a la playa y a otros al matadero.  Eso Vicente lo sabe bien, ya que vastamente lo ha denunciado. De la cuestión de fondo, y por el momento, no se sabe la respuesta.

 

 

 

De escribas, escribientes y escritores

Me pregunto si la licencia del título es un divertimento de consagrado, una transgresión de rebelde o un símbolo subyacente de otra cosa. Quizás jamás pueda yo adivinar cuál otra cosa. Pero el cuento que publico con perdón de sus derechos editoriales, cosa que me acongoja, Fin del mundo fin comienza siendo extraño desde el título y continúa con esa rareza monocorde hasta el final. El fin del mundo se precipita cuando los muchos escribientes que hay sobre el planeta se dedican a llenar papel sin destino. Cortázar les llama escribas. Suena despersonalizado y tiene la misma entidad que mandatario. El mandante es el escritor. Ese que no abunda sino que escasea.

La fábula es más real estos días que en aquellos que parecen, a la luz de su nostalgia, la vida dorada del artista. Similarmente a lo que ocurre con su autopista o hasta con su casa tomada, él lo vio venir. Vio esta polución de textos y hojas y papeles, como éste, que pretenden decirnos algo pero que se agotan en referencias propias de atroz narcisismo. Imaginó mares secados por papeles de todo tipo, frenéticamente dispuestos por escribas, no por escritores. Yo sería más benévolo y autoindulgente llamándonos escribientes.

La gente, esa horrible palabra que define a todos y a ninguno, necesita expresar su tedio, su mortuoria desolación pagana. Y ya no necesita acumular papeles. Esa no la vio el Mago. Nunca supo que los mares no se secarán porque la tinta ha sido finalmente reemplazada por la ilusión. Si pudiera ver esta sobredosis de imágenes, algunas de las cuales incluso se leen, seguramente volvería sobre sus pasos y arrojaría todos sus libros al Sena.

Acaso el mandante deba tener una furia o una desesperada leyenda como tenía él, que lo iluminaba donde fuera, donde escribiera. El mandatario solo puede fingir. Y somos todos mandatarios de algunos pocos que supieron subir la cuesta, muy lejos de donde quedamos confortablemente instalados los otros, los que relatamos el tedio. Esta es la cuestión que desvela y no deja dormir. Y así será hasta el fin del mundo fin.