Reflexión sobre el deber

No podemos ser libres. Esto no es una constatación política ni un manifiesto liberal. No podemos ser libres porque la libertad absoluta mataría la dicotomía fundamental entre deber y querer. Nuestro espíritu tiene que sostener una tensión permanente entre lo que debo hacer (ahora/mañana/finalmente) y lo que quiero hacer (ahora/mañana/algún día). Nos inventamos esa dualidad de impulsos opuestos. Estamos acostumbrados desde un poco más que niños a vivir con esa contradicción interna. Eliminarla sería vivir en la unidad, cosa que no sabemos hacer.

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El presente del futuro

Carlos se pregunta si aun sabemos escribir cartas de amor, como las que nos deteníamos a escribir en otras épocas, no muy lejanas por cierto. Apartemos un poco la nostalgia, que nos llena de sepia el cerebro y nos nubla la vista, y miremos de nuevo, con ojos nuevos.

No existen las cartas ni los carteros ni los cartones, pero existe el amor, las personas siguen desviviéndose unas por otras, la mensajería instantánea arde de amor por la tarde, y las madrugadas son tan azules como antes cuando el amado estaba al lado y te parecía alado.

No bajas a ver el buzón, como no planchas la ropa. No guardas flores secas en los libros, pero el imán del refrigerador contiene el teléfono del delivery al lado de la entrada del cine que fueron aquella noche. No te haces amigo del cartero sino del mozo del bar, donde siguen ocurriendo los encuentros que valen penar. El visto de la mensajería vale tanto como esa estampilla que te mandó desde Oslo hace treinta años.

¿Por qué recordar las cartas y no recordar que ella no podía vivir sola hasta casarse? ¿O que su padre te indagaba sobre el tuyo, para poder afirmar que la tuya era una familia bien y dejarte sentar a su mesa? ¿Por qué extrañar la galantería o las flores y no recordar que los hombres no manejaban el lavarropas o los platos?

Vamos tan rápido que el presente se ha arrugado hacia el futuro y ya se tocan. No sabemos si el futuro ya llegó o si el presente se ha hecho demasiado largo, estirado por las expectativas de un mundo mejor que quizás nunca se cumplan. Por todas partes hay signos de que vivimos en el futuro, pero no lo vemos. Creemos que el futuro será mañana pero mañana es igual que hoy. Y el lunes será igual que mañana.

Lo digo de una vez: cada paso que damos en el presente, cada sonrisa, cada alegría, cada conmiseración, cada beso, cada sueño, construye hoy el futuro de hoy. Entonces, lamento decirlo, el futuro no existe.

¿Por qué añorar un sol eterno si estamos embarcados en descubrir la claridad divina?  J. A. Rimbaud (1854-1891).

 

La rosa de Hiroshima

El tiempo nos impacta distinto de acuerdo a su tamaño. Si pensamos en un instante, éste tiene la virtud del capricho. Puede ser tan arbitrario que se transforma en letal para cualquier esperanza humana. Si pensamos en las eras, tienen la suavidad de las olas del mar que crecen suavemente hasta que rompen y caen por el propio peso de su tamaño incontrolable. En el largo plazo es una novela, en el corto plazo solo puede ser reflejado por la poesía cuando es amarga y brillante.

Piensen en las criaturas, mudas telepáticas.

En ese instante brutal, demasiado cruel como el filo de un cuchillo, solamente un milagro podría rescatar la imagen o el pensamiento que anidan en la mente de esas niñas filosamente condenadas. Su mudez es nuestra condena. Pero sus pensamientos en silencio andan dando vueltas al globo desde entonces. Giran y giran pidiendo auxilio, diciendo que no son culpables, rogando piedad.

Piensen en las niñas, ciegas inexactas.

En ese instante brutal, quizás la ceguera sea una bendición y el recuerdo de la infancia feliz un bálsamo para tanto dolor. El dolor instantáneo abraza a los inocentes con un manto de piedad absoluta, cuando es insoportable. Las niñas son inexactas cuando son ciegas, no podemos fijar su imagen que se mueve como en un antiguo transceptor imperfecto.

Piensen en las mujeres, rotas alteradas.

En el instante de quiebre definitivo, ningún orden puede subsistir, ni el de los cuerpos ni las casas ni las bestias. Todo se desarma, la rosa y la mujer se alteran, se desarticulan, se quiebran sus coyunturas, nada permanece en su sitio, ni siquiera nuestro pensamiento de esperanza.

Piensen en las heridas, como rosas cálidas.

La sangre tibia entibia a la rosa, que ya tiene el color de la sangre. La rosa es cálida de líquido que brota de las heridas, a borbotones, como si fuera un baño purificador, que terminara con los males del mundo. Pero éstos solo han empezado.

Pero ¡oh! no se olviden, de la rosa de la rosa.

Al final debemos rescatar la rosa de la rosa, la esencia que no caduca porque es origen, porque es la idea detrás del símbolo, la imagen detrás de la idea y las mujeres, origen y comienzo, detrás de todo lo demás. Como metáfora total, la rosa es femenina, es origen del mundo, es amor, es paz. Es la rosa de la rosa.

De la rosa de Hiroshima, la rosa hereditaria.

Como si la maldición de la suspensión del tiempo no fuera suficiente, el castigo se propaga a hijos y nietos, a bisnietos y a choznos, blandiendo su oscura y filosa navaja en un tiempo más largo, el tiempo de las generaciones. Ya no afecta ese instante a ese minuto, sino a todo el siglo y después.

La rosa radioactiva, estúpida e inválida.

La indignación ante la injusticia es como un odio que no invalida sino que duele. Duele profundamente que nos hayan obligado a ser testigos de esto, del horror y del infierno. La estupidez del espectáculo visto a la fuerza razona e invalida, nada puede considerarse símbolo de nada, porque nada vale cuando todo vale. Como si a una rosa se opusiera otra rosa, la radioactiva.

La rosa con cirrosis, la anti-rosa atómica.
Sin color sin perfume, sin rosa sin nada.

El color y el perfume son los lazos que nos permiten atestiguar la rosa. Se han ido. Han sido cortados, como la rosa. Nos han castigado haciéndonos testigos mudos de su evaporación. De lo que algunos han sido capaces de hacer, reducirlos a la nada. Nos han reemplazado la rosa para siempre por una rosa enferma. Debemos pedir perdón a las víctimas por aquello que más nos duele.

 La rosa de Hiroshima. Poema de Vinicius de Moraes. Versión de Ney Matrogosso.

 

Navegando por el Delta

Ese gesto era normal, muy normal; era tan común que, de no haberlo hecho, cualquier persona como yo parada a cuatro mesas de distancia en el pulido bar del aeropuerto o mirando los enormes aviones por encima del hombro de los que pasan, debería haberlo notado o al menos habría detectado una pequeña ausencia. Colocarse los anteojos y sacárselos, una y otra vez, era una rutina que podría ejecutar impensadamente unas doscientas veces al día. Tengo un amigo que puede calcular la cantidad de veces exacta, dependiendo de que sea un día de trabajo o no; es un aficionado, pues aún cree en las matemáticas y sostiene que nuestro destino son números y que la Geometría de Cheever es poco precisa.
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El descubrimiento

El distinguido científico Mr. Theodore Clouds creyó haber descubierto, esa noche de verano, cómo funcionaba la vida y la dicha o desgracia de los mortales. Al menos, así lo asentó en sus notas plagadas de puntos suspensivos y frases rimbombantes pero duramente ambiguas. Encerrado en su mansión con vista al enorme océano, inacabable, había logrado que los astros bendijeran sus experimentos y, presa de exaltación y entusiasmo, decidió que esa noche no dormiría. Debía dar a conocer su secreto al mundo, que esperaba ansioso la receta que lo salvara de todos los males.
Su último experimento, el definitivo, había sido exitoso. Y lo había repetido hasta el agotamiento, siempre con el mismo resultado. En la habitación oscura, con todas las ventanas clausuradas y donde no llegaba un rayo de la más mínima luz, había abierto el frasco de la mariposa. Esforzando la vista, vio como el animal volaba en círculos. Primero tímidamente, luego más animada y segura. En ese momento encendió la lámpara sobre la mesa. Como impulsada por un instinto suicida, la mariposa voló directo a la luz. El ruido del golpe pareció un estruendo en la noche silenciosa.
Mr. Clouds anotó prolijamente: “Las criaturas que ven un resplandor o una luz extraña, sienten el impulso de fundirse con ese objeto, aún a riesgo de su propia vida y salud. No importa que el brillo provenga de algo desconocido o de algo que conocieron y olvidaron. La fuerza es la misma. Por lo tanto, es recomendable que todas las criaturas que se vean sometidas a esa tentación, permanezcan en su lugar. Quietos y aferrados a un escenario conocido, nada malo les ocurrirá.”
Cerró su libreta, satisfecho. El amanecer estaba despuntando, tormentoso. Recogió la mariposa atontada aún por el golpe, la miró con detenimiento en su palma de anciano huesuda y arrugada. Tomó la tapa del frasco para guardar el animal, cuando una ráfaga del viento de la tormenta golpeó con fuerza y abrió una de las ventanas. Para sorpresa de Mr. Clouds el animal voló, directo y elegante rumbo a la luz del amanecer, para perderse en la infinitud de la costa del océano.
Recogió nuevamente su libreta y escribió: “Lo establecido antes no es válido cuando la luz es natural, en lugar de artificial, o cuando el mar océano le ofrece a la criatura un horizonte infinito.”

La mujer venía en el tren…

La mujer venía en el tren leyendo un libro. Su postura era simple, las piernas elegantes y el vestido sobrio. Intenté ver la tapa, pero su mano lo impedía. Parecía algo que tenía que ver con el amor, o con el dolor, con el terror o con el sopor, no podía ver más que eso. Ella estaba concentrada, con los ojos replegados sobre sí mismos, como hacemos cuando disfrutamos algo internamente con fruición. Sus manos acariciaban el lomo del libro y el canto de las páginas, quizás en otros tactos y otras caricias. A veces cerraba el libro por un instante y miraba por la ventana, hacia otro tiempo y otro lugar. Por su mirada, creí entender que el tren no la llevaba en esa dirección.
Las letras penetraban sus pupilas celestes como las cartas que entran en los buzones. De una en una, a ritmo veloz iban cayendo y apilándose sin pausa. Luego de llenar el recipiente de la memoria, esas agrupaciones de símbolos caprichosos iban entrando en su mente. No eran el designio de un dios, ni el verbo iluminado de un mensajero de la divinidad. Eran apenas símbolos ordenados por otros hombres que a su vez los habían heredado de otros hombres y mujeres antes que ellos. Eran símbolos como fogatas de monos, como nacidos del trueno y del rayo.
A la altura del parietal derecho, cual fina arena, se depositaban mientras su cerebro las devoraba. Los símbolos se trababan entre sí, se enganchaban. Unos impulsos sutiles trataban de ordenarlos, bajaban por detrás de su cuello hasta la espalda, y ahí se dividían en un río que caminaba por su cintura hasta las piernas. La mujer las cruzaba hacia el otro lado, las encogía, pero el cosquilleo no cesaba. Su cerebro tomaba nota de ello y ordenaba encender el pubis. Ella solamente sentía que la transportaban a otro lugar, a otro tren, con otro vecino que no era yo, sino el realmente deseado.
Al mismo tiempo, alguna parte de esos símbolos negros en la hoja blanca eran enviados a la columna vertebral, donde se incrustaban en unas células que estaban a la espera de cierto momento y señal. El cerebro daba la orden y esas pequeñas células se recombinaban con sus vecinas, y ambas devoraban los palitos de la “te”, las virolitas de la “eñe” y la graciosa cola de la “a” como si fueran bestias hambrientas, peleándose por la presa. Mordiscones y tironeos daban cuenta de las mayúsculas. Los puntos eran engullidos rápidamente, sin piedad.
Reforzadas por el atracón, esas células cambiaban de color y segregaban un líquido más oscuro que de costumbre. Los pechos de la mujer se erguían, el pubis se retraía, las caderas se ampliaban y eso generaba un impulso adicional que hacía que las células de la columna se oscurecieran aún más y fueran transpirando ese líquido a todo el cuerpo. Todas las células de su cuerpo ya habían registrado el cambio para cuando el tren se detuvo en el andén. No quedaban ya palabras que digerir.
Al descender, ella ya estaba lista.

 

El pronóstico del tiempo

¡Hola, amigos! Espero que se encuentren bien ahí, disfrutando del año 2016 (o más o menos). Quizás anden ustedes por esta zona donde yo estoy ahora, tropezando con aquella imaginación de carteles y publicidades que suelo ver en las fotos. Por suerte los hemos prohibido ya hace décadas, y ahora el verde de los montes y el verde del mar por fin se aprecian desde la costa.

Es una pena que todavía en 2016 ustedes no pueden leer esto en todo el mundo, ya que aún existen los idiomas, esa estupidez. Muchos años después de ustedes unificamos el español como lengua y ahora pueden leerme en todo el mundo cuando escribo en mi cuaderno. En realidad, no podría apostar que ustedes estuvieran leyendo esto, ya que lo escribo solamente porque mi hijo me contó que existe una máquina, ahora y aquí, que pone este texto en un lugar del espacio que ustedes pueden visitar. Han desarrollado una máquina que se enfoca en esa zona y han hecho contacto con alguno de nosotros. Zon, mi hijo, es un poco exagerado y le gusta inventar historias, pero debo reconocer que siempre está al corriente de lo que pasa. Aunque muchas cosas no pasan…

Este último invento debo reconocer que me impactó. Que yo pueda publicar en la Red, en determinado sitio, algún escrito breve y que sea leído por los que estuvieron hace cien años aquí, es algo más que extraordinario. No hay muchas precisiones sobre quién lo leerá, no podemos saber si serán un grupo de científicos encerrados en una torre o un periódico que lo publicará en papel (papel!) para que lo lean todos, eso no lo sabemos. No tendremos respuesta tampoco. Ustedes no pueden hacernos llegar nada. Pero nosotros intentaremos contarles algo de lo que quizás no puedan entender mucho.

A propósito, una vez hace tiempo ví un trozo de papel. Qué impresionante era eso. Cuántos árboles deben tener ustedes…

Pero volviendo al contacto, Zon me dice que  nuestra Red hace muchos años que es sensible, detecta cuando alguien lee. A costa de volvernos más insensibles, hemos logrado que las máquinas copien nuestra sensibilidad. Al menos alguien la disfruta todavía.

Sabemos que los que leen no pueden ser otros que ustedes, por la zona del espacio donde se ubica la información. Algo habíamos visto de que en 2010 hicieron unos experimentos secretos para poder detectar las señales del futuro. Hubo un accidente y algunos muertos, pero finalmente encontraron la manera de hacerlo, parece. A mis ciento veinte años no hay muchas cosas que me sorprendan, pero lo que con seguridad garantiza mi atención es el pasado y la historia.

Me quedan pocos caracteres para escribir, no debo superar el límite. Zon dice que lo peor es dejar un mensaje trunco, que me esmere en terminarlo con algún sentido. Hoy es un día especial, por eso mi hijo me ha invitado unas copas. Llegó temprano, cosa rara en él, y está muy condescendiente conmigo. Mi hijo tiene veinticinco, y a veces se despista un poco. Mañana debo ir al médico, es la ley. Es mi obligación, aunque nunca lo disfruto, esta vez será más intolerable: me dirán qué día moriré. En fin. Claro, ustedes no saben lo que es eso. Aunque nunca sepa si logran leer esto, quizás mañana me anime y les envíe otro mensaje. Será un día duro, muy duro, pero juro que lo superaré. Con unos tragos, y con la ayuda de Zon, lo superaré.

Sin esperanzas no se ve


La casa era tan pequeña que no cabían las ilusiones ni las esperanzas. Una esperanza es algo potente, magnífico, que ocupa todo el espacio, en cambio una ilusión puede llevarse colgada al cuello sin mucho esfuerzo. Li Yuang no conocía las unas ni las otras. Y sin embargo, a su manera, se podría decir que era moderadamente feliz. Esa pequeña choza era todo lo que su padre le había dejado; o quizás no. El pequeño Bo deambulaba por el piso de tierra casi desnudo, dando sus primeros pasos, y Mai lo miraba con una sonrisa mientras pelaba el zapallo y remojaba las coles para la única comida del día. Como en los últimos diez días, Li Yuang miraba el camino. Cuando no estaba dando de comer a las gallinas o sembrando en el arrozal o construyendo un camastro más grande para Bo, permanecía parado en el dintel de la única puerta, la vista fija en el único camino que serpenteaba entre las otras casas, los pies desnudos, el alma tensa.

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Estalla la mañana

Estalla la mañana, el dia, esa parte de la vigilia que entra por los ojos y se instala dentro de uno. Nada puede impedirlo. Esa lámpara, su forma y su color, acaso sean un código secreto. Los fuegos del dia y la noche desierta, según Rimbaud, impedían que el alma cumpla su promesa. Esos dos vacíos, cada uno a su manera, nos ciegan y no podemos saber qué hacer, qué conviene hacer. Nos dejamos llevar por los fuegos del día; mecánicamente comemos, bebemos, nos regocijamos o nos preocupamos, todo con la misma lógica de que el día, la vigilia, haga de nosotros lo que quiera. Confiamos en llegar a la noche porque siempre ha sido así. Desde que nacimos que siempre llegamos a la noche. Pero la noche es lejana aún. Atravesar este dia es la promesa y el mandato, ambos ritos de un solo cuerpo a ser ejecutados en una larga secuencia no infinita.

Confiemos en el día. Él nos depositará en la noche. Desconfiemos de la noche,  que nos oculta el día de hoy con la promesa de que mañana estallará otra vez la mañana.