La pampa

Inmensidad. Es una palabra casi perfecta. Tiene el necesario movimiento y el desarrollo de la idea a lo largo de las diez letras. Al igual que soledad, contiene su significado en la sonoridad bellamente desarrollada. En ambas, no sobra nada ni falta nada para mostrar la imagen que transporta la idea. Ambas se aplican a la pampa, ese concepto inalcanzable para quien no la conoce.

Tantos la han descripto que solo un pedante pretendería volver a intentarlo, dejando solo la opción de contar el impacto de sus insondables vericuetos en el alma del visitante. Porque aunque no se vean, los pliegues de la pampa están escondidos como un elefante en una manada. Al internarnos en ella, uno a uno van surgiendo aquí y allá, y se mueven como dunas que engañan al aire. A cada paso, con cada cien metros caminados hacia adentro, el paisaje muta tan sutilmente que es imposible saber donde estamos y donde estábamos.

Nos apura con su tamaño, nos apabulla con su desnudez, nos provoca con su sensualidad, como la carnalidad  gigantesca de una mujer desnuda. Como si pudiéramos penetrar semejante belleza, dudamos y temblamos de placer al verla tendida disponible para nuestro deseo. Toda ella es sensualidad para el hombre de a pie, porque aunque la penetre mil veces nunca podrá tenerla, nunca será humanamente suya. Ni siquiera podrá abarcarla con su mente.

Uno siempre la ve de afuera. Nadie puede entrar en la pampa. La vemos siempre a la distancia, como el cielo estrellado de la noche, al que jamás podemos ni podremos siquiera acercarnos. Estamos en la pampa, como estamos también en el cielo, pero la vemos desde lejos siempre. Es un espectáculo que se desenvuelve inmóvil, digno del eterno movimiento de las cosas pero que jamás nos permite ver un gesto, un ademán o un plano distinto.

Justamente, por ser lo más parecido al firmamento en la tierra, sobrecoge el alma sin dejarnos ver claramente qué somos.

Anuncios