El presente del futuro

Carlos se pregunta si aun sabemos escribir cartas de amor, como las que nos deteníamos a escribir en otras épocas, no muy lejanas por cierto. Apartemos un poco la nostalgia, que nos llena de sepia el cerebro y nos nubla la vista, y miremos de nuevo, con ojos nuevos.

No existen las cartas ni los carteros ni los cartones, pero existe el amor, las personas siguen desviviéndose unas por otras, la mensajería instantánea arde de amor por la tarde, y las madrugadas son tan azules como antes cuando el amado estaba al lado y te parecía alado.

No bajas a ver el buzón, como no planchas la ropa. No guardas flores secas en los libros, pero el imán del refrigerador contiene el teléfono del delivery al lado de la entrada del cine que fueron aquella noche. No te haces amigo del cartero sino del mozo del bar, donde siguen ocurriendo los encuentros que valen penar. El visto de la mensajería vale tanto como esa estampilla que te mandó desde Oslo hace treinta años.

¿Por qué recordar las cartas y no recordar que ella no podía vivir sola hasta casarse? ¿O que su padre te indagaba sobre el tuyo, para poder afirmar que la tuya era una familia bien y dejarte sentar a su mesa? ¿Por qué extrañar la galantería o las flores y no recordar que los hombres no manejaban el lavarropas o los platos?

Vamos tan rápido que el presente se ha arrugado hacia el futuro y ya se tocan. No sabemos si el futuro ya llegó o si el presente se ha hecho demasiado largo, estirado por las expectativas de un mundo mejor que quizás nunca se cumplan. Por todas partes hay signos de que vivimos en el futuro, pero no lo vemos. Creemos que el futuro será mañana pero mañana es igual que hoy. Y el lunes será igual que mañana.

Lo digo de una vez: cada paso que damos en el presente, cada sonrisa, cada alegría, cada conmiseración, cada beso, cada sueño, construye hoy el futuro de hoy. Entonces, lamento decirlo, el futuro no existe.

¿Por qué añorar un sol eterno si estamos embarcados en descubrir la claridad divina?  J. A. Rimbaud (1854-1891).

 

El pronóstico del tiempo

¡Hola, amigos! Espero que se encuentren bien ahí, disfrutando del año 2016 (o más o menos). Quizás anden ustedes por esta zona donde yo estoy ahora, tropezando con aquella imaginación de carteles y publicidades que suelo ver en las fotos. Por suerte los hemos prohibido ya hace décadas, y ahora el verde de los montes y el verde del mar por fin se aprecian desde la costa.

Es una pena que todavía en 2016 ustedes no pueden leer esto en todo el mundo, ya que aún existen los idiomas, esa estupidez. Muchos años después de ustedes unificamos el español como lengua y ahora pueden leerme en todo el mundo cuando escribo en mi cuaderno. En realidad, no podría apostar que ustedes estuvieran leyendo esto, ya que lo escribo solamente porque mi hijo me contó que existe una máquina, ahora y aquí, que pone este texto en un lugar del espacio que ustedes pueden visitar. Han desarrollado una máquina que se enfoca en esa zona y han hecho contacto con alguno de nosotros. Zon, mi hijo, es un poco exagerado y le gusta inventar historias, pero debo reconocer que siempre está al corriente de lo que pasa. Aunque muchas cosas no pasan…

Este último invento debo reconocer que me impactó. Que yo pueda publicar en la Red, en determinado sitio, algún escrito breve y que sea leído por los que estuvieron hace cien años aquí, es algo más que extraordinario. No hay muchas precisiones sobre quién lo leerá, no podemos saber si serán un grupo de científicos encerrados en una torre o un periódico que lo publicará en papel (papel!) para que lo lean todos, eso no lo sabemos. No tendremos respuesta tampoco. Ustedes no pueden hacernos llegar nada. Pero nosotros intentaremos contarles algo de lo que quizás no puedan entender mucho.

A propósito, una vez hace tiempo ví un trozo de papel. Qué impresionante era eso. Cuántos árboles deben tener ustedes…

Pero volviendo al contacto, Zon me dice que  nuestra Red hace muchos años que es sensible, detecta cuando alguien lee. A costa de volvernos más insensibles, hemos logrado que las máquinas copien nuestra sensibilidad. Al menos alguien la disfruta todavía.

Sabemos que los que leen no pueden ser otros que ustedes, por la zona del espacio donde se ubica la información. Algo habíamos visto de que en 2010 hicieron unos experimentos secretos para poder detectar las señales del futuro. Hubo un accidente y algunos muertos, pero finalmente encontraron la manera de hacerlo, parece. A mis ciento veinte años no hay muchas cosas que me sorprendan, pero lo que con seguridad garantiza mi atención es el pasado y la historia.

Me quedan pocos caracteres para escribir, no debo superar el límite. Zon dice que lo peor es dejar un mensaje trunco, que me esmere en terminarlo con algún sentido. Hoy es un día especial, por eso mi hijo me ha invitado unas copas. Llegó temprano, cosa rara en él, y está muy condescendiente conmigo. Mi hijo tiene veinticinco, y a veces se despista un poco. Mañana debo ir al médico, es la ley. Es mi obligación, aunque nunca lo disfruto, esta vez será más intolerable: me dirán qué día moriré. En fin. Claro, ustedes no saben lo que es eso. Aunque nunca sepa si logran leer esto, quizás mañana me anime y les envíe otro mensaje. Será un día duro, muy duro, pero juro que lo superaré. Con unos tragos, y con la ayuda de Zon, lo superaré.