Personas en la calle en Buenos Aires

Eran como fantasmas de día y de noche. Hoy se diría que me parecían muertos caminando o walking dead. Su piel era blanca, o casi, y sus ropas tenían cientos de años en el mismo lugar. Los ojos desprovistos de mirada. Las uñas transparentes. Los dientes amarillos.

Cuando llegué a vivir a esta ciudad, Buenos Aires, hace más de veinticinco años, me sorprendieron varias cosas. Yo venía de Posadas, en el norte alto y caliente del país, una ciudad infinitamente más pequeña y con infinitamente menos reflejos de ciudad. Me refiero a ese comportamiento ciudadano, que si bien no puede llamarse estrictamente educación, te hace la vida más sencilla y la convivencia de doce millones de personas tolerable, o al menos, posible.

Dentro de las cosas que me sorprendieron estaba ese gesto adusto de los porteños, que tornaba su piel en algo similar al papel. Sería por el exceso de sombra o la escasez de sol. Sería. Así como vi en los alemanes del sur el gesto de aburrimiento y de falta de expectativas o, al menos, de esperar una sorpresa alguna vez, y vi en los americanos del interior del sur esa postura de suficiencia y placer, en la gente de Buenos Aires veía ese nihilismo que nada espera, que todo conoce y que de nada se sorprende. Los veía como seres apagados y tristes. Desconfiaba de ellos porque no podía distinguir sus intenciones, si es que tuvieran alguna.

Pero he aquí la sorpresa mayúscula: cuando me dirigía a ellos, la sonrisa aparecía franca. Preguntando por una calle o dándole paso en una vereda, un gesto de alivio emergía, como si la adustez fuera solamente un escudo protector que fuera bueno apartar de vez en cuando. Bastaba con hablarles para que esos muñecos de porcelana opaca cobraran vida, sonrieran y fueran profundamente atentos, comprensivos y generosos. Conocer ese cambio, ver ese efecto en las relaciones casuales o circunstanciales, fue un asombro y me ayudó a comprender en profundidad (amar) a mis coterráneos.

Y esa fue, además, una de las cosas que me enamoró de esta puta ciudad.