Sin esperanzas no se ve


La casa era tan pequeña que no cabían las ilusiones ni las esperanzas. Una esperanza es algo potente, magnífico, que ocupa todo el espacio, en cambio una ilusión puede llevarse colgada al cuello sin mucho esfuerzo. Li Yuang no conocía las unas ni las otras. Y sin embargo, a su manera, se podría decir que era moderadamente feliz. Esa pequeña choza era todo lo que su padre le había dejado; o quizás no. El pequeño Bo deambulaba por el piso de tierra casi desnudo, dando sus primeros pasos, y Mai lo miraba con una sonrisa mientras pelaba el zapallo y remojaba las coles para la única comida del día. Como en los últimos diez días, Li Yuang miraba el camino. Cuando no estaba dando de comer a las gallinas o sembrando en el arrozal o construyendo un camastro más grande para Bo, permanecía parado en el dintel de la única puerta, la vista fija en el único camino que serpenteaba entre las otras casas, los pies desnudos, el alma tensa.

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