¿Y ahora qué hacemos?

A veces, temporadas, épocas, semanas o simplemente minutos, horas, llega la sequía. La ausencia de palabras que sirvan para mitigar la sensación de que no hay nada más que hacer, que ya hemos hecho todo lo poco que podíamos. Ese vacío que no es triste ni pesado ni siquiera depresivo, porque está vacío. Es nada.
Cuando eso ocurre vuelvo a Rimbaud, a Verdú, que ahora anda pintando por la poesía, o en los últimos días a las fotos de Luz, que a veces cesan.
Si en unos minutos no se levanta el vacío y logro ver el sol, habré caído a un pozo más profundo. Entonces voy a comprar el pan, a caminar por el sol o me lanzo a buscar amigos que no existen.
Escribir es un esfuerzo titánico para no reconocer lo evidente: no tenemos mucho sentido.