Uno, el mismo

I

En invierno, a la ciudad le faltan personas. Todos recogemos nuestras pertenencias, nuestras ilusiones y miedos, y los cobijamos al lado de la estufa. Siempre creí que, si toda la gente saliera a la calle en invierno, la ciudad sería menos fría y, con seguridad, menos distante. Ahora, luego de los sucesos que narro, pienso que estuve equivocado. Lo único que lograríamos sería traer del pasado la niebla de lo que se fue, el horror del pasado.
De repente lo vi. Caminaba delante de mí, las manos en los bolsillos, encorvado, como pidiendo disculpas por estar en la acera. En un primer momento dudé si era él. Llevaba una de sus camisas claras y unos pantalones con la botamanga demasiado corta, como siempre. No parecía sentir el frío agudo de la tarde ni el viento que mordía las carnes. Lucía más delgado de lo que yo recordaba. Caminaba lento. Cuando me repuse de la sorpresa pensé qué le diría. Le golpearía suavemente la espalda. Él giraría asombrado, con ese rostro afable de siempre. Me sonreiría y me diría
– ¡Hola! ¿Cómo estás, querido?
Intenté recordar cómo le gustaba llamarme, pero no pude. Unos pasos más adelante la acera se angosta por unos árboles y la sombra, fresca en verano, ahora era una tortura fría. Aceleré el paso, pero cuando él llegó a la sombra de la acera, desapareció. Así, sin más, se desvaneció entre la sombra y el árbol. Una brisa helada levantó la hojarasca como un telón. Confundido, me detuve, miré hacia atrás, no estaba. Aturdido, continué mi camino sin recordar claramente dónde iba.
El suceso me perturbó durante un tiempo. Muchas noches, en mi casa de la calle México, reviví ese frustrado encuentro y aquel final absurdo. Cada vez concluía culpando a mi imaginación. A fuerza de soledad, y de la necesidad de inventarme nuevos y oscuros propósitos, fui olvidando el suceso.

II

Unos meses después conocí a Amy, una muchacha con quien compartíamos lecturas del Tao en una biblioteca de Pompeya. Tenía a su disposición una singular inteligencia, pero prefería recurrir a su sensibilidad para manejar los asuntos diarios, lo cual a veces la volvía torpe. Solíamos entretenernos en largas discusiones sobre el significado del poema. Eran discusiones donde no había un final y acabábamos en silencio, como si fuera imposible concluir nada más que un perfume o una sensación. Coincidíamos en que la mejor traducción era la del jesuita Elorduy de 1937, aunque su copia tenía algunas palabras diferentes a la mía, inclusive algunas comas decisivas. Amy sostenía que un poema que describiera acertadamente el alma humana debía necesariamente ser ambiguo, inescrutable y contradictorio, pero por sobre todas las cosas debía ser cambiante. Se refería a cambiante como el clima, tal era su desconcertante idea.
Mientras volvíamos envueltos en frío por las calles del sur, le comenté la anécdota de la figura evanescente. En la calle Fournier escenifiqué el suceso aprovechando la sombra de una palmera que atajaba la luz del alumbrado. Amy dijo, como quien dictamina una verdad,
– No es imposible que lo hayas visto.
– Está muerto hace veinte años, Amy. – dije con pesadumbre.
– ¿Y eso qué? Es tu padre. Lo llevas en la sangre. Mires donde mires verás las cosas con sus ojos. Simplemente, te estás mirando al espejo. En la calle, claro.
Esa idea me espantó. No renegaba de él ni de su amor, pero la idea de que las personas me vieran como una versión más nueva de mi padre me resultaba repugnante en sí misma. ¿Acaso no me lo habían dicho varias veces en el último tiempo, como si volvernos viejos nos acercara a ser una única persona? Tuve inmediatamente la sensación de que no me repondría nunca de esa sensación obscena y tortuosa. ¿Acaso la naturaleza no sabía renovarse lo suficiente en la siguiente generación? ¿Era aceptable vivir una y otra vez la misma vida?

III

Me convencí de la necesidad de quitar mi vida de aquella pesadilla. No me sentía tan estúpido al intentar eso como me siento ahora al contarlo. Una tarde, luego de la lectura, tomábamos un café en un bar aciago de la avenida Centenera. Amy revisaba las copias de Elorduy buscando diferencias. Era sábado y esa zona de la ciudad estaba desierta, como si hubieran sacado cualquier rastro de vida de esas casas bajas y de esos depósitos monstruosos. El único habitante parecía ser el viento. De repente su figura emergió entre el gris de la calle y los coches estacionados. Traía un antiguo saco de lana con las solapas cerradas.
– ¡Allí! ¡Allí! ¿Lo ves? – grité apresuradamente.
Amy se volvió y pegó su frente al vidrio de la ventana.
– Sí. – dijo ella. – Es igual a la foto que está en tu mesa.
El viejo llevaba las manos en los bolsillos, como era su costumbre. Parecía tener prisa. Vimos como recorría la cuadra por la vereda de enfrente. La cabeza cana parecía un copo de algodón en medio de tanto gris. Un instante le tomó llegar desde la esquina hasta la mitad de la cuadra. Sostuvimos la respiración durante ese minuto incierto. El tiempo era una sustancia viscosa que nos iba cubriendo desde arriba a abajo. Al llegar al tronco de un ciprés deshojado, no lo vimos salir al otro lado. Lo había vuelto a hacer. Ella miró mis ojos y mordió su labio inferior.
– Amy, por dios, ¿Alguna vez viste desaparecer a una persona? ¿Acaso esto te parece normal, querida?
Ella estaba segura de saber, y de que yo no entendía nada. Su rostro ovalado se recortaba contra la luz de la calle.
– Todos nuestros antepasados son uno y nosotros somos uno, el mismo.
– Eso es enfermo. – dije sin pensar.
– Eso es herencia. Y ahora, por fin, ya eres viejo también. De eso se trata. – Se paró lentamente, sin mirarme, como si su tarea estuviese cumplida. Tomó el abrigo y los guantes y se los puso. Caminó despacio hasta la puerta. La noche la escondió con sus infinitos brazos y me la arrebató para siempre.

(c) 2016  JLG.