La calidad del lector

Podría ser una ingeniosa idea suponer que los buenos lectores son aquellos que transmutan un pobre texto en una experiencia memorable. Encallada en letras y metáforas manidas o inconducentes, la mente del lector debe ingeniárselas para dotar a esos textos de algún valor. De otro modo, debería aceptar que ha perdido el tiempo, y esta es una actividad prohibida por estos días. Mediante este ingenioso artilugio, la responsabilidad de la obra se traslada al lector y uno, incapaz de escribir algo perdurable, puede fracasar en paz.

Eso decía un escritor virado en un libro reciente que acabo de terminar de releer. Siguiendo la línea, no habría malos escritores sino solamente malos lectores. Imaginemos esta situación. No existen malos carpinteros, sino personas que no saben sentarse en las sillas que el señor fabrica. Como se sientan mal, la silla se desarma y el tipo se cae estúpidamente al piso.