La literatura infinita

Al igual que Borges planeando una biblioteca infinita, tenemos a nuestra disposición una literatura infinita. ¿Como sería eso? Cada vez que leo un texto de Monterrosso o de Ford, se me ocurre pensar las palabras que no han usado. No es poesía, donde una palabra puede ser un mundo, sino prosa, donde las palabras individuales no tienen tanto peso. O sea que pienso en las frases que el tipo no escribió, la luz que no describió, el paisaje que no está en su cuento. Y es así que me encuentro con que tenemos una literatura finita en lo que escribimos, pero infinita en aquellas cosas que no escribimos. Todas las palabras están a nuestra disposición, todas las frases y todos los adjetivos, aún los más extraños o desconocidos. Pero elegimos, elegimos a cada minuto. Y en lo que elegimos también componemos, porque dejamos casi todo el infinito afuera, y nos quedamos con una pequeñísima parte.

 

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Las dos letras

Hace unos días, mientras releía El Marido Rural, de Cheever, me sorprendí a mi mismo pensando en el doble juego de la literatura. Por un lado, a todos nos gusta desde niños que nos cuenten cuentos. Lo usaban nuestras madres y abuelas para hacernos dormir. Viene de tiempos remotos, donde gustábamos de vivir aventuras en la imaginación, porque nada la podía suplantar como ahora. Por otro lado, existe una literatura de excelencia, de arte, de profunda sensibilidad, que acorta distancias y habla al corazón y a la mente en conjunto, no a la distracción de una historia bien contada. Es la literatura que busca otro modo de usar el idioma, investiga nuevos códigos, exprime el significado y el significante y se transforma en una obra de arte, creando un mundo que no existía antes. Es difícil ver la diferencia entre una forma y otra. La forma más clara de explicarlo sería usando el mismo arte: por más que te cuenten quien fue y qué hizo de notable La Gioconda, nunca podrás reemplazar las sensaciones que te pone estar frente al cuadro. Aunque sea una reproducción. Saber si fue la esposa de o la amiga de, no cambia en absoluto la sensación de la proximidad ni el placer de vivir en ese mundo, donde solo está ella.

Ejercicio de fitness literario

Hace un tiempo escribí una historia (relato) denominado El Descrubrimiento. Es un relato muy breve, microrelato, de apenas 389 palabras. Lo puedes leer haciendo click en este link. Luego decidí abreviarlo, y lo convertí en este relato que copio debajo.

El científico Mr. Clouds creyó descubrir cómo funcionaba el mundo. El experimento: en la habitación oscura, había abierto el frasco de la mariposa. Vio como volaba desorientada. Encendió la lámpara. Suicida, la mariposa voló hacia ella. Anotó: “Las criaturas que ven una luz sienten el impulso de fundirse con ella aun arriesgando su  vida. Todas, sometidas a esa tentación, debieran permanecer quietas.” Recogió la mariposa atontada. Una ráfaga de viento abrió la ventana. El animal voló hacia el océano. Compungido, escribió: “Esto no es válido si la luz es natural o si se ofrece a la criatura un horizonte infinito.”

Ahora tiene exactamente 100 palabras. Está mejor o está peor? Qué opinas? Dice lo mismo o dice menos o dice distinto o dice otras cosas? Es más o menos bello que antes?

La economía de las palabras me obsesiona desde que tenía quince años y alguien puso en mi mano un ejemplar de Una temporada en el infierno, de Rimbaud. En ese momento comprendí que, aunque uno fuera terriblemente críptico y la gente discutiera el significado de cada imagen o de cada frase, la economía de las palabras era importante. No tiene que ver con lo que se dice, sino con lo que se utiliza para decir, con los medios a disposición y con el uso y el abuso del tiempo del lector. Menos, generalmente, es más.

La pregunta que surge a continuación es dónde y en qué economizar. Y eso es lo que termina exactamente definiendo uno de los aspectos del estilo. Y con el estilo y otras cosas se define la voz, única e inconfundible, que aunque sea parecida a otras es siempre distinta. Por esto es que me puse a hacer ese ejercicio de fitness.

Ejercicios literarios

11.10.16

Son puros ejercicios que algún día se convertirán en un libro. Después de una conveniente maceración, decenas de reescrituras y algo de buena vista, y de conmiseración. Estos escritos no tienen otra intención que ejercitar el vicio de escribir, porque su posibilidad de perdurar es baja. Da cuenta de esta volatilidad la cantidad de cosas que he destruido. Quizás ponerla en el ciberespacio las salve de la destrucción. Por lo demás, muy pocas cosas merecerán salvarse, como no sea el empeño puesto y la alegría de hacerlo.

Hasta otro día.