Que es una mentira perfecta?

Una mentira perfecta es una verdad.

El escritor escribe una historia donde hay un monje del Siglo XV revisando unos pergaminos en una abadía del norte de Italia. El monje duda de su fe y busca en los escritos algo que lo retorne a la senda perdida, que le haga sentir la presencia de Dios, como era en su juventud. Como era hasta que el mundo se le vino encima y comenzó a sentir el cosquilleo de la injusticia, de la codicia y de los placeres mundanos. El ambiente en la abadía es pesado, frío y polvoriento. El monje duda de Dios, de él mismo y del mundo. Por todos lados ve injusticia, y la conciencia de la divinidad no aparece, oculta tras los velos de la pobreza y la miseria que ve a cada paso. Los altos muros de la abadía no pueden ocultar la imperfección del mundo.

Esa historia tiene un encanto, o al menos una cierta magia. Una magia modesta. Como transcurre en el medioevo, permite establecer algunas certezas en el lector destinadas a confirmar que es una ficción. Es evidente que el autor no ha conocido al abad, y a lo sumo puede estar imaginando lo que piensa. Entonces no podemos deducir que la historia sea verídica, y más nos inclinamos a decir que es una ficción. Ese aspecto de saber que es una historia inventada y que como tal debe tener un propósito, la vuelve potente. Nadie inventa una historia para no decir nada, o en todo caso no decir nada es parte de un mensaje que se articula de otro modo. Pero el que inventa una historia lo hace con el propósito en mente, cualquiera sea.

En cambio, si yo escribo que mi fe en Dios está flaqueando, que me estoy alejando de la creencia en un ser divino culpa de los horrores del mundo que aprecio cada día, eso no es ficción. Es un relato de mis dudas íntimas, existenciales o vivenciales, que me surgen cada día. Ese relato puede estar muy ben escrito y conmover a las personas que lo leen, sin dudas. Pero es plano, en el sentido de que entre el lector y las palabras solamente estoy yo. Puedo decir o no, mentir o no, exagerar o disminuir. En la inmediatez, el lector está a merced de mis volubilidades, de mis errores, de mis trampas y hasta de mis veleidades, por decir lo menos.

En la ficción, en cambio, yo (autor) no puedo mentir. No existe la mentira, ni la exageración, ni todas las distorsiones de la realidad. Soy absolutamente veraz y sincero. Describo ese mundo tal como es. Puede no ser igual a éste, o puede ser un mundo imposible, pero ese mundo y su descripción no tienen nada de falso ni de mentira. Son exactamente como yo los describo. Las mentiras son puestas en evidencia hasta tal punto que forman parte de la verdad. La ficción es honestidad pura, sino brutal. La ficción no contiene al autor, lo deja al margen, separado del mundo que describe. Desde allí, todo lo que se diga es verdad, prístina y absoluta verdad.

Es por ello que no creo en las autobiografías ni en los escritores auto-referenciales. Y es por eso que me enamora escribir historias. Porque como nos enseñó el mismo dios del abad, mentir es pecado.