La herencia del miedo

Quería escribir algo optimista, una visión diáfana y agradecida del futuro. Pero lamentablemente hoy me he despertado con unas inmensas ganas de no preocuparme por nada. No agradar, no pretender, no desear, no buscar. No se si la idea es no agradar o no importarme agradar, que parece mejor. Dejar volar la imaginación sin importar demasiado la calidad de lo imaginado. Siento que estoy muy cerca de convertirme en un estoico, que creían que uno se debía alejar de las comodidades para poder ascender en el pensamiento.

De repente me doy cuenta de que no puedo fracasar, no existe el éxito ni el fracaso, no existe el error ni el acierto, no existe el ridículo. ¿Cómo no lo he visto antes? ¿Acaso estaba tan preocupado por lo que creía que era vivir? El nudo está desatado, el ovillo ha desaparecido, la piedra se ha vuelto arena. ¿Por qué es esto?. Pues simplemente por la razón más elemental: porque morimos. La gran igualadora que es la muerte vuelve igual a la vida, cualquiera sea ésta.

¿Y esto que produce? Libertad. Enorme e inigualable libertad para crear y disfrutar creando sin importar absolutamente nada, nada más que decir algo que creamos. Aunque estemos equivocados. Cantar una que sepamos todos.

 

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El taxi

Victor Ivanovich era taxista. Lo había sido durante los últimos treinta años hasta esa noche, en que murió al chocar de frente contra un camión detenido en la avenida Independencia. No tuvo tiempo de sentir miedo. Su pasajero, Walter NN, de quien obviaré el apellido porque tristemente vive, totalmente borracho, bajó como pudo. Estaba aturdido y ensangrentado, tambaleándose bajo la lluvia inclemente. Dio la vuelta hasta el asiento del conductor; Victor tenía el volante incrustado en la frente y un hilo de sangre en el oído izquierdo. La lluvia torrencial y los rayos habían apagado las luces de la calle. No se puede medir la infinita negrura de la noche en una Buenos Aires sin luz.
A los tumbos, con el pecho ardiendo por el golpe, aturdido, Walter caminó por la avenida bajo la lluvia. Unas calles más adelante se veía, como en una frontera brillante, que la avenida volvía a tener luz. La dependiente de un bar le preguntó qué le había pasado y qué iba a tomar.
– Un whisky.
Entró al baño y enjuagó la sangre de su camisa. La lluvia arreciaba. La veintena de hombres en el bar reían y apostaban al billar.
– Venía en un taxi. El conductor murió. – dijo.
La mujer rio con ganas y dijo en voz alta.
– Miren éste! Se mató el chofer que lo traía!
La respuesta fue una risa general y unos gritos, algunos silbidos, como si hubieran contado un chiste o hecho un gol en la televisión.
Salió a la calle, más aturdido. La lluvia era como un castigo de millones de pequeños latigazos que hacían arder las heridas de su cuello. Al subir a su departamento, entró sin encender las luces. Adriana preguntó, dormida,
– ¿Llueve?
– Sí, mucho.
Se desvistió en el baño y se metió en la cama. Ella dijo,
– Pablo aprobó matemáticas. El plomero no vino, así que la ducha no funciona. Mamá viene el sábado.
Walter sollozaba en silencio. Un hilo de sangre corría por la almohada.