Una otra mirada

Hace pocos meses, el lúcido Vicente Verdú escribió lo siguiente: Los que lucen son irrelevantes. No nos representan. Los que padecen o sobreviven en la tristura de la luz, componen la más amplia y multitudinaria asamblea de nuestra condición humana. No hace falta forzarse a cambiar la admiración por la piedad, ni la devoción hacia los grandes por la compasión hacia los muchos. Bastaría con echar una nueva y lúcida ojeada alrededor y sopesar las cargas diarias de la vida.

Obviamente, el ocasionalmente ácido Vicente no da ninguna pista sobre cual es o cómo es la lúcida ojeada que pretende, y que uno no puede vislumbrar sin repasar sus ochenta o noventa escritos anuales durante una década al menos. No pondremos empeño a semejante tarea, y menos sin garantías de llegar a buen puerto o, al menos, a un horizonte claro.

Pero es evidente que Vicente tiene razón. Aunque producto seguramente de su encierro peninsular, que no ve ningún futuro posible ni dentro de Europa ni menos fuera de ella, su tercera vía (una lúcida ojeada) aparece como el único recurso que nos queda para proponer una intermediación con la realidad. Ni adorar a los que lucen (ellos son los lúcidos?) ni compadecerse (es el verbo de compasión?) de los que sufren.

Quizás haya que hacer como Europa: Cambiarles la ilusión y la pasión por un plato de garbanzos y un coche elegante. El coche será el mismo para todos, a algunos los llevará a la playa y a otros al matadero.  Eso Vicente lo sabe bien, ya que vastamente lo ha denunciado. De la cuestión de fondo, y por el momento, no se sabe la respuesta.