Raíces

Parecía un domingo, una de esas mañanas luminosas en que mi mamá me despertaba temprano para que disfrutara del sol. Me sentaba en el banco de la vereda con las piernas colgando y veía los pajaritos ir y venir desde la calle de tierra al árbol, una y otra vez. Una rutina que agregaba algo de movimiento a aquel pueblo aplastado por la pampa. Escuchar a mi madre cantar sobre los discos de vinilo mientras mi padre preparaba las cañas y los anzuelos para llevarme a pescar, eran las señales de que la felicidad costaba poco un domingo a la mañana.
A eso se parecía la Navidad. Levantarme ese día y encontrar la bicicleta ridículamente mal envuelta en papel de regalo fue como entrar al cielo mil veces. Un cielo tan brillante como esa bestia de dos ruedas y dos rueditas que había sido el objeto de mi ilusión.
Monté y salí.
A poco de andar pasé por un campo cercano donde otro niño arreaba tres vacas hacia adentro de un corral. Llevaba unas chanclas y un pantalón raído, y también llevaba hambre. Ya desde niño tenía la expresión más buena del mundo, mi padre. Esas tres vacas eran su responsabilidad y él la asumía solemnemente; su familia dependía de esos tres animales.
Seguí pedaleando. Más allá me encontré con una niña muy rubia que lavaba ropa en un patio de tierra mientras su madre, ebria, castigaba a su padrastro con el palo de la escoba. Creí reconocer vagamente el patio. La niña fregaba y refregaba la ropa hundiendo la cabeza entre los hombros para no escuchar.
Después la calle se hizo más ancha y vi a un muchacho alto, de cabello muy negro, y de bigotes como manubrios que vigilaba pastar unas cabras en un monte de los Pirineos, sentado en una piedra, pensando que debería viajar a ultramar donde quizás tendría un futuro. Lo saludé al pasar y sonrió. Esas cabras eran su mundo, y me pareció que le iba a doler abandonarlas.
Mucho más allá, luego de pasar una colina, mi bicicleta me llevó a las llanuras verdes de Irlanda, donde otro joven terminaba de herrar el último caballo, recogía una valija de madera y caminaba lento hacia el muelle, mirando las casas del puerto que ya no volvería a ver. Yo, tan pequeño, no entendía su gesto hosco ni sus lágrimas, pero me esforcé en sonreírle. Pensé que los caballos no debían llevar herraduras.
En el camino de regreso, y detrás de un pequeño bosque de higuerillas que no había visto antes, encontré un hombre viejo inclinado por los años. Escribía sobre un espejo, que a la vez era una máquina infernal, una historia de Navidades. Sus ojos están cansados y sus manos temblorosas. Solamente espera volver a subirse a la bicicleta y retomar el viaje.

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Inundados

Yo acababa de cumplir mis diecisiete años y había ingresado a la universidad sin muchas esperanzas de salir alguna vez de ahí. Las cosas no iban bien y me atrasaba cada día más, frustrándome por no poder alcanzar el rendimiento que mi padre quería. Su sueño de tener un hijo profesional parecía imposible de cumplir para mí, y mi angustia aumentaba cada día.
Vivía pleno de dificultades, además, por la poca cantidad de dinero que mi padre me enviaba. Había intentado conseguir un trabajo, pero él me lo había prohibido: mi única preocupación debía ser graduarme. Y lo antes posible. El cartero golpeó por tercera vez con la fuerza de la impaciencia. La pobre puerta de madera, tan madera
como toda mi casa, parecía abrirse con cada golpe. La carta decía, en un papel que provenía de una pequeña libreta, que me visitaría el lunes siguiente.
Estar frente a mi padre era realmente intimidante. Su gigantesca bondad, su alma pura como un niño y su desafiante optimismo eran el castigo más firme que podía
imponerme. A veces deseaba gritarle que, por favor, tuviera reacciones de dolor, de despecho o de envidia como tenemos todos. Pero no, él era casi un santo. El hambre
me visitaba a menudo y esa semana no había sido de las mejores en ese aspecto. Así que decidí que el lunes estaría todo limpio y ordenado, aunque no hubiera nada de comer. Apenas unas galletas sin sal, que eran más baratas, y un poco de café.
El lunes amaneció con una lluvia torrencial, como hacía tiempo no recordaba. La avenida era muy ancha, a tal punto que los altos cipreses de las aceras parecían de juguete, sacudidos por el viento y el agua. Entré a la estación de ferrocarril con ganas de estar en cualquier lado menos ahí. Lo vi descender del último vagón, con sus movimientos lentos y un poco torpes. Vino hacia mí con paso gastado. Nos dimos un beso y comenzamos a caminar con su brazo en mi hombro, como un bastón demasiado alto.
Salimos a la calle. La lluvia se había vuelto violenta, aplastante. Caminábamos con dificultad, con los pantalones levantados hasta las rodillas. Las calles inundadas nos daban la sensación de un mundo ancho, plano y sin gracia. Quiso entrar en el primer bar que encontramos y pedimos algo de comer, no recuerdo qué. Solamente me miraba. Ni una palabra, nada que yo pudiera cuestionar o disentir. Sus ojos pequeños y claros me miraban sonrientes, feliz de estar ahí conmigo, sin decir palabra. Su rostro transmitía verdad y generosidad, amor y compasión.
Comíamos en silencio, casi como en una ceremonia. Su sonrisa permanente, sincera, era como la de un ángel que se maravillara de ver lo tonto y lo pretencioso, lo superfluo y lo banal. Pero muy generoso para mencionarlo. Al pagar la cuenta, sacó unos billetes arrugados y los contó. Pagó y volvió a contar lo que le quedaba, que era poco. Me tomó la mano y los puso todos en ella, cerrando mis dedos con su mano tibia. Me miró con los ojos húmedos.
Dijo simplemente – Sé bueno. – Y sonrió nuevamente. Su mano acarició mis dos mejillas como lo hacía desde que yo era un niño. Al verlo irse caminando algo encorvado, su cintura inclinada, casi rengueando, sentí ganas de irme con él, de abrazarlo y decirle lo mucho que lo amaba. No lo hice. Algo dentro mío me decía que él pertenecía a su mundo, y que yo debía construir el mío.
Hoy lo pienso y me gustaría volver atrás y decirle que no quiero tener mi propio mundo, que quiero que hagamos uno juntos, abrazados. Quisiera retornar a aquel momento y decirle que tengo el presentimiento que algún día, como hoy, lo voy a extrañar mucho. Que no podré recordar de qué hablamos ese día, pero que mientras viva ese será uno de los días más tristes y hermosos que recuerde.